Miércoles
10.12.14. Sestri Levante. Día de cielo despejado, mañana fria y
limpia, seca.
Ruedo
tras mi desayuno con varios temas en la cabeza. Mi recorrido me
llevará por una carretera cerrada al tránsito por desprendimientos
y reparaciones en varios túneles, cuando llovió a lo bestia yendo por por Francia, aquí el agua hizo sus destrozos igualmente. Me detengo en Sestri Levante para informarme, oficina de turismo con la
amabilidad que vengo encontrando por toda la Liguria. Me confirma lo
de la carretera con dos posibles alternativas, una descartada por
tratarse de la autopista y la otra me llevaría por un puerto de montaña con posibilidad de nieve por la cota, nieve que voy viendo a
mi izquierda o si miro hacia atrás en las montañas que rodean
Génova. Subir con nieve no se me ilusiona especialmente, pero
bajarlo es lo que más temo. Eso lo puedo evitar con un rápido
trayecto en tren de cercanías ya que la distancia a salvar realmente
es muy corta, creo que de no más de 10 kilómetros son los afectados
por esos túneles. Con esto y en pocos minutos evito una penosa travesía cargada de penurias, incertidumbres y no pocos riesgos.
La
mujer está ociosa y pasamos un buen rato conversando y ya puestos
planificando parte de mis escalas hacia Roma. Al saber que vendo
desde Santiago por la Vía Tolosana y voy a tomar la Francigena me
dice que hay un convento en el pueblo que acoge a peregrinos, me da
las señas y ante una ducha caliente en perspectiva no lo dudo y
allí me dirijo.
Tan
pronto toco el timbre me abren la puerta, me hacen pasar e interrogan
si quiero comer, cenar, dormir... les digo que viajo con comida, que
gracias, pero dormir y una ducha si me vendría bien. El conserje
llegara en un rato y el se ocupará de mi, solo he de esperar un rato
en sus jardines donde me entretengo sentado en el claustro admirando
el interior del convento, frescos en paredes y techos y una
arquitectura que ya conozco de la Liguria. Es bonito y se respira la
quietud y armonía de estas gentes, los árboles son centenarios y el jardín a pesar de la estación presenta un aspecto cuidado y alegre.
Tras
instalarme cómodamente en una habitación frente a las duchas, el
dormitorio dispone de lavabo, salgo a recorrer el pueblo sin tener
que arrastrar la bici ni tener que andar pendiente de ella con el
candado y demás. Tiendas de deportes y ferreterías buscando un
cubierto sin éxito. En la estación tomo un horario de trenes donde
indica cuales de ellos pueden llevar bicis y con el recuerdo de
Somport en mi cabeza tengo ya decidido que no voy a bajar un puerto
nevado si tengo alternativa. Así como he tomado ferry, por razones
obvias, he evitado los trenes por que estos te cambian
distancia-tiempo por dinero y yo ando siempre sobrado de lo primero y
escaso de lo segundo, pero bajar con nieve es algo que me causa mucho
respeto y no estoy como para tener accidentes. Esta mañana retiraron
una goma que cubría el cable del freno y ya el trasero me trabaja
como se espera de el, estaba pellizcada y era la causa de su
deficiente funcionamiento.
Acostado
en mi cama con una edición del Evangelio de San Lucas en cuatro
idiomas se me cierran los ojos muy pronto, la panza llena, el cuerpo
caliente tras la ducha y pensando en lo espantosamente mal que han
cantado los salmos en el servicio de vísperas del convento, donde
asistí con las hermanas, todas muy mayores salvo la madre superiora
y seis africanas.
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