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lunes, 18 de mayo de 2015

Sábado 16.05.15. No se donde leí que los búlgaros están entre los pueblos más depresivos del planeta y encabezan el rankin de los europeos. Bregovo, la población por la que salgo del país a buen seguro que es toda ella un monumento viviente ( o moribundo) de dicha patología. Es sábado, hay mercado, si se le puede llamar así a los tres mustios puestos que veo, no quiero imaginarme la población en las largas y oscuras tardes de invierno.

El día, con todo, es de plomo, pesado y gris. Empleo un rato en deshacerme de la moneda local, la menuda de metal que da problemas de cambiar por otra en los bancos. Un café con leche, un brazo de gitano industrial, sabor limón, botella de agua y dos cajetillas de tabaco marca Melnik para emplear unos 5 € y derecho a la frontera que se encuentra al final de una de las calles. Dejo atrás la plaza con alguna escultura y presidida por una con placa donde luce hoz y martillo. No logro descifrar que dice.

El trámite de aduana es rápido. La funcionaria serbia mira el contenido de dos bolsillos de las alforjas y mete su nariz dentro del tarro de descafeinado. Como a dos kilómetros me cruzo con Kjetil, un trotamundos noruego de viaje desde Alemania a Estambul. Foto.
Me gustan esos retrovisores.


Ahora es normal cruzarme con alguno cada día, esta es la Ruta 6, de Eurovelo, de las más frecuentadas del continente, y las fechas ya avanzadas.

Imposible cambiar moneda en el primer pueblo. La siguiente población, Negotin, tiene tres bancos, están abiertos y he ganado una hora con el cambio horario. El problema será que no aceptan moneda búlgara y es en ella en la que cobre mi pensión cuando pasé por Burgas. Llevo encima 50 €, de Marga, de cuando le cambie algo de euros por mi moneda rumana, y con eso me estoy salvando. Salvando si no gasto más de ese dinero en los próximos días. En Serbia cambian euros, dolares y cuando les interesa, hoy no, francos suizos y libras esterlinas. Mal asunto no cambiar moneda de tus propios vecinos. Por mi parte toca apretarme el cinturón.

La Ruta 6 no está ejecutada a su paso por Rumania, realmente las primeras señales aparecen pasado Vidin y pronto veo las indicaciones que he de seguir. Ofrece alguna comodidad, al ciclista, planos en carteles, señales en cada cruce, áreas de descanso adecuadas para un picnic, alojamientos que voy viendo aún cerrados. Cuando el camino va separado de la carretera tienes la tranquilidad de no encontrar excesivo transito de vehículos. Eso, si un sábado, no les da por montar una concentración de propietarios de Alfa Romeo, que con la coartada del idiota, que no es otra que camuflarse entre más idiotas, se creen con derecho de circular como cretinos poniendo en peligro a los que por allí pasamos. Un derrape en el que logra detener el coche a un escaso medio metro de mi persona.

El recorrido va buscando el camino más próximo al río posible, lo que supone que he de añadir kilómetros a montones. El tramo desde Negotin a Donji Milanovac que es de algo menos de 60 kilómetros, usando la Vía se convierte en unos 146. A cambio de esto recibo hermosas vistas, caminos menos frecuentados y escasas cuestas. No es mal negocio.

En Mihajovac me informan que la Vía esta cortada durante no menos de 7 kilómetros a causa de corrimientos de tierra. Me tomo mi tiempo para decidir que alternativa uso y mientras vamos conversando en que camino que une el pueblo nuevo del viejo. Me va contando Joko, que así se le llaman como diminutivo de Jokovich me dice, que el pueblo viejo tiene problemas con las crecidas cuando abren la presa que hay más arriba, en una central eléctrica. Cuando me ofrece dormir en su casa tardo en aceptar, me gusta poco entrar en casas ajenas, otra cosa es montar la tienda o usar algún tejado en el exterior. Insiste hasta hacerme aceptar.

La tarde la pasaremos en casa de unos amigos suyos, Franz y su esposa. Ella es del pueblo, el fisioterapeuta vienes, ambos disfrutan de unos días de vacaciones y usan una casa que tienen alquilada en el pueblo. Me molesta el modo en que Franz trata a su esposa, como si fuera un cachorro de perro, le da ordenes señalando con el dedo mientras la mira con insistencia. Espantoso. Joko nació en Valaquia, la parte de Rumania que conozco, de padres serbios, creció en Alemania y su amistad les permite que Franz tenga con quien hablar en alemán en el pueblo y compartir afición, beben. Mucho.

Termina la noche y Joko esta borracho, como Franz, pero es con Joko con quien he de ir y me gusta muy poco. Se pone muy pesado en su casa insistiendo con muestras de hospitalidad mal entendidas y he de ponerme muy serio con el. Dudo si marcharme a pesar de que por las horas que son tengo complicado cualquier alternativa. Me retiro finalmente a dormir y el, en el patio, sigue bebiendo, escucha música y habla en voz elevada, con nadie. Me preocupa que pueda ser violento. Noche surrealista que doy por terminada con la primera luz del día en que abro la puerta y salgo aliviado, dejando a Joko en un sueño etílico. Tomo nota de la experiencia con la confianza de haber aprendido la lección.


Viernes 15.05.15. Inovo. Pavitos, patitos y leche agria. Salgo a rodar con la intención de cubrir los 72 kilómetros que me separan de la frontera, finalmente serán alguno más, lo antes posible, no quiero entrar en Serbia con la tarde muy pasada.

Con el cielo cubierto y alguna llovizna el día no es malo para apretar, sin calores de los días pasados. Si se nota no obstante la humedad, el Danubio lo tengo a mi izquierda y algunas zonas son inundadas.

Pueblos como los que vi los dos últimos días, gente amable y niños, muchos niños que siempre saludan y esperan mi palmada junto a la carretera. En la puerta de cada casa una mama pava o mama pata, atada con un cordel y rodeada de su prole.

Los precios de por aquí poco tienen que ver con los de Bucarest, con sueldos medios de 300 € pocas alegrías se pueden dar. El café del desayuno me sale por 20 cts, mismo precio que la barra de pan, la cerveza de anoche, de medio litro y en la terraza de un chiringuito, por 60 cts. En un minimarket, no hay otra cosa por los pueblos, hago algo de compra, esta mañana la leche que tenía estaba agria, se termino el poder viajar con algunas cosas y desde ahora he de cuidar lo que compro y mirar que no necesite conservación en frío. El siguiente paso será la aparición de los mosquitos que por el momento aún no hicieron acto de presencia, pero no tardarán.

Volviendo con mi amigo alemán, no se como puede subir un puerto con semejante peso o como se las verá en un día ventoso con el disparate de volumen que viaja. Como ejemplo y solo en agua, porta dos botellas de 2 litros, una de 1,5 y dos más de 1 litro cada una, total siete kilos solo en agua, en una zona donde esta la encuentras donde la precises, sea en fuentes o comprada por un precio de risa. Sobre su rueda delantera lleva más cantidad de cosas que yo sobre toda mi bici y soy de los cargados. Su rueda trasera es un despropósito de bártulos. Para que aún le cueste más moverla, monta un buje dinamo en su eje delantero. Me quejo del peso de mi candado, pues el lleva tres.

Al llegar a Calafat, feliz por la hora, me dirijo al puente, este y la autovía que lo cruza junto a una vía férrea, obra de FCC, mi sorpresa es que no me lleva a Serbia, bueno si lleva, pero pasando por Bulgaria.

Mi falta de planos y que mis apuntes terminan en Vidin hacen urgente que conecte a la red para tranquilizarme con el google maps. Nada preocupante. Mi error fue que confundí, por que está su nombre en cirílico y muy próximo a la frontera con Serbia. Tan solo he de rodar 35 kilómetros por Bulgaria para entrar. Lo dejaré para mañana, en estos últimos cuatro días me he merendado 325 kilómetros, con una media por día muy superior a mis costumbres.

Por cierto, desde ayer y tras dolerme durante la noche anterior, la pierna dejó de molestarme, se fue el dolor como vino, sin que sea capaz de entender el porque. Prefiero tener la ignorancia que el problema.

Estos días, al rodar, donde tendría que estar el arcén pero no lo hay, voy viendo gran cantidad de pequeñas serpientes muertas, no más largas que una lombriz y más delgadas que estas.


Duermo con un saco manta de Thermolite, uso mi saco de plumas como edredón de madrugada, cuando refresca y me he enamorado de esta cama, por su volumen y por que mi catre pesa más de tres kilos.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Lunes 04.05.15 A la entrada de Bucarest. Día de mucho calor. Entré esta mañana a Ruse donde desayuné. Recorro la población pero mis ganas de cruzar la frontera me vencen y salgo en dirección a esta al poco rato. Un puente de los años 50, visiblemente deteriorado y que observo que están reparando superficialmente, me cruza el Danubio, que no es azul por aquí si no de un tono más bien verdosos, pero bueno, el Mar Negro tampoco era negro. Lo he visto con un tono gris azulado los días que he rodado cerca de el.

Tras cruzar la frontera, en lugar de tomar la carretera hacia Bucarest, me dirijo a la ciudad de Giurgiu, por tener un primer contacto con el país y por cambiar moneda. El primer banco que me cruzo me sirve para ese fin. Antes de salir de nuevo, como algo a una hora algo temprana pero con apetito.

La carretera que me lleva a Bucarest es cómoda. Alguna pendiente como era de esperar, ya que me alejo del cauce y valle del Danubio, pero mi cuerpo responde bien y ruedo con alegría y a buen ritmo. El día, como decía, caluroso, ya por la mañana desperté muy temprano y con calor en mi saco. Por suerte, pronto dispondré de un saco manta de fibra que me hace saco de verano, de complemento del saco de invierno usándolo juntamente con el o de aislante, si lo pongo debajo de mi saco de plumas. Tengo ganas de probar que tal se duerme ahí dentro, lo emplearé con mi saco interior de seda y me las prometo muy felices.

Por el camino me detengo a comprar algo de comida, poca cosa, para el momento. Comí muy temprano y tengo apetito. Bueno, siempre tengo apetito, para que engañarnos. Los precios no son ni de lejos los que he disfrutado en los países anteriores. No es que me resulten caros, pero baratos no lo son. Otra sorpresa que me encontraré, es la dificultad de encontrar tabaco para liar o sus necesarios complementos. Aquí se fuma tabaco ya liado, de marca, algo más barato que en España, pero poco. Por suerte me queda tabaco turco para un par de días y un paquete de George Karelias and Son de liar que compré en Bulgaria hace días y que guardo como un tesoro para este fin de semana.

Me aproximo a Bucarest, pero es que simplemente no encuentro un lugar que me agrade para hacer noche. Los grupos de árboles que veo no me ofrecen la suficiente intimidad al ser pequeños y poco densos, demasiado cercanos a la carretera por otro lado. Y no veo edificaciones abandonadas o en parte ruinosas que me atraigan especialmente. Por otro lado, cada vez que entro en un nuevo país, paso unos días hasta que me siento tranquilo en el a la hora de dormir. Por fin, y tras pasar el cartel que me indica que me encuentro ya en Bucarest, termino por encontrar un tejado discreto y medianamente apartado que me ofrece abrigo para la noche.

En un bar donde me detuve por el camino, por eso de ir al aseo y demás, vi en la TV algo de una corriente de África que es la responsable de estos días de calor y que durará algún día más, sea bienvenida. Por el camino, si observo muchos ciclistas, cosa que no me sucedió ni en Turquia ni en Bulgaria. Nos vamos saludando. Y una vez en Bucarest, veo con agrado que aquí alguna gente usa la bici para desplazarse o como deporte.


El día no da para más. Entre la distancia que cubrí camino a Ruse, mi desvío a la población y lo que rodé por ella, mi otro desvío hacia Giurgiu y el paseo por su puerto fluvial, más los kilómetros que separan esta de Bucarest, finalmente me he merendado hoy una bonita distancia. Sorprendido por la facilidad en que he superado las cuestas y el buen tono con el que termino el día. Realmente me sentía con fuerzas para rodar más, mucho más.
Viernes, sábado y domingo 01, 02 y 03.05.15 Camino a Ruse. De todos los lugares por los que he viajado, es en Bulgaria y con diferencia, donde más fácil me está resultando encontrar donde acampar. Junto a la carretera, son multitud los bosquecillos que me voy encontrando donde poder montar la tienda con comodidad, sin grandes desplazamientos y a salvo de las miradas indiscretas de quien sea. Incluso viajando con una tienda de doble techo naranja, lo que no ayuda precisamente en la debida discreción que deseo. Tomo nota que si en algún momento he de cambiar esta, lo haré por otra con colores más discretos.

Aún con eso, la primera noche y tras una jornada con lluvia intermitente, prefiero encontrar un tejado bajo el que dormir y evitar el recoger una tienda mojada a la mañana. Veo muy pocas explotaciones agrícolas pequeñas, las hay, pero casi todo lo que me rodea son grandes extensiones de cultivos y las instalaciones agrícolas son igualmente grandes. Alguna ya en desuso, pero dotadas de naves, cuadras y establos, edificios parcialmente derruidos que me pueden ofrecer una solución para pernoctar. En uno de ellos solo veo habitada la casa de la entrada, el guarda, a quien le pido permiso para dormir en unos establos. La confusión es total, no hablo una palabra en su idioma y el no entiende otro. Para complicar más la cosa, me dice con señas que si puedo dormir, pero me lo dice al modo local, negando con la cabeza. Tras unos minutos de absurda charla, termino entendiendo que si puedo hacer noche allí y me instalo para descansar. Sus muchos perros, pasaran uno tras otro a saludarme y asegurarse que no supongo una amenaza.

La última noche me interno en un pequeño bosque, el día a sido muy cálido, casi caluroso, si bien por las mañanas suele refrescar, todo sea dicho que me pongo en pie en ocasiones pasadas las cinco de la mañana, con las primeras luces. El bosquecito tiene el suelo sembrado de una maraña de arbustos que me hace complicado moverme por el con la bici, entre espinos y ramas secas. El encontrar un claro no parece tarea sencilla y tras algunas vueltas veo lo más parecido a ello, apenas el sitio preciso para que quepa la tienda pero no mucho más. La espesura es total y solo gracias al sonido de la próxima carretera no termino desorientado.

Las razones por las que en unos sitios estoy cómodo y en otros no, se me escapa. En Bulgaria me siento bien. Como decía una gran oferta de bosques para dormir, por las carreteras, si bien no cuento con arcén, si me cruzo con vehículos que dejan una distancia muy generosa cuando te adelantan haciendo la circulación segura. Buenos precios. Si acaso la oferta de lugares donde detenerse a tomar algo, ir al aseo, etc, no es ni de lejos como la que tenia en Turquía o en Albania. Y puestos a poner pegas, hace tiempo que no encuentro ni un café con leche aceptable ni bollería dulce de mi agrado, pero todo esto son males menores.

Visito alguna población por las que paso, haciendo tiempo. El desvío que he tomado hacia Bucarest me la pone a tiro en las fechas previstas, si bien llegaré antes de tiempo y procuro ir demorándome. El buen tiempo, una carretera cómoda, la ausencia de molestias, me hace que rodar por estos parajes hermosos sea todo un placer. Me detengo a hacer noche a pocos kilómetros de Ruse por no hacer noche en una ciudad y por entrar en Rumanía en un día que no sea festivo, por el tema de cambiar moneda en banco y tener tiendas abiertas. En los últimos kilómetros y al ser domingo, me voy cruzando con familias rumanas que han pasado a este país para pasar una jornada primaveral de picnic y con muchos grupos de moteros, cargados de bultos, que usan esta carretera para ir de un país a otro en sus excursiones balcánicas.

Cicloturistas veo igualmente. El sábado dos, uno por la mañana y otro, en reclinada, ya por la tarde. Ambos germanos. Parada de saludo y poco más. El domingo me cruzaré con otros tres, estos ya viajando juntos y tan solo nos saludamos sin detenernos.

Si bien no he visto apenas señales de la presencia musulmana en Bulgaria, desde el sábado por la noche y la mañana del domingo, si puedo escuchar llamadas para oración desde las próximas mezquitas que no logro terminar de ver, tan solo oír.


Un último apunte. Sea por que ahora dispongo de los vientos de otro modo, sea por que he encontrado la mejor disposición de puertas abiertas y mosquiteras cerradas, sea por que el clima es por aquí más seco, más continental, el caso es que en las últimas semanas duermo sin problemas de condensación en la tienda y eso me agrada mucho. Este próximo fin de semana veré de revisarla en profundidad y proceder a su reparación si logro encontrar en Bucarest el producto reparador que preciso. Se trata de un gel que se extiende por las costuras interiores del doble techo y una vez seco sustituye a sus desaparecidas costuras termoselladas. Veremos que pasa o si simplemente es tirar el dinero.

martes, 5 de mayo de 2015

Jueves 30,04,15 Varna. Son casi las 9 a.m. Y paseo desde el puerto al museo naval con la intención de despedirme del mar. Si todo va según lo planeado, pasaré algunos meses sin poder verlo de nuevo. En el camino me cruzo con una niña, unos 10 años tendrá, va a la escuela y lo hace en bici. La mochila a la espalda y pedalea sin manos. Sus brazos extendidos, mueve las manos con una ondulación de ave, está volando. La sigo con la mirada hasta que gira y entra en un edificio anejo al puerto, otros niños atraviesan la puerta en ese momento. La escuela.

Tras este espectáculo, el día tiene que ser bueno de necesidad. Desayuné en el hostel, con el compañero finés, el brasileño y el ucraniano partieron ya. Somos los más madrugadores y entre ambos se ha establecido una cierta afinidad. Hemos intercambiado prendas en un practico trueque y con ayuda de google maps nos vamos contando por donde hemos pasado o tenemos previsto hacerlo, consejos y recomendaciones incluidos. Unos motivos tribales tatuados en su pelado cráneo y su envergadura contrastan con unos ojos tiernos de mirada amable y abierta.

Tras visitar el museo, al aire libre, donde coincido con varias excursiones de escolares, y el parque que discurre junto al mar, me dirijo a realizar un par de compras. Un cubierto para Marga que me hace especialmente feliz de poderle regalar, unas cordoneras para mis botas de invierno, un cuaderno, un cordón para mis gafas, el que me dio Marga peligra de romperse en el momento más inoportuno y con mis gafas no quiero jugar. Cosas menudas y de poco importe.

Ben, en el hostel, me enseña un cartel. Mañana tiene concierto en un local de la ciudad. Lamento y así se lo digo, el no poder ir a escucharle. Demorar un día más mi estancia supone un nuevo mordisco a mis finanzas y la rodilla parece que dejó de doler. Con los forzados reposos de estos días y habiendo quedado en reunirnos en Bucarest dentro de poco, no debo demorar más mi partida. De hecho, mis previsiones iniciales de pasar por Constanta e incluso acercarme a Galati se han visto frustradas por esos retrasos. Todo al traste por la maldita rodilla. Dispongo del tiempo justo para ir directo cruzando el Danubio por Ruse. Esto contando con no sufrir nuevas molestias que me obliguen a desplazamientos más conservadores o incluso con el auxilio de algún tren. Confío en que no sea así.

Como viene siendo habitual, la tarde se anima en el hostel. Hoy, un cántabro que reside aquí desde noviembre, viene a dar una charla y mostrar unos vídeos de su comunidad. Deportes tradicionales, folclore, gastronomía. El salón esta concurrido, de huéspedes y visitantes que suelen frecuentar este local como si de un bar alternativo se tratara. El hostel dispone de un rico calendario cultural y tiene sus seguidores.

Tras la charla, aparecen las guitarras, flautas y percusión y la gente improvisa una velada donde cantan, ríen y toman cerveza. A diferencia de los turistas, que viajan con tiempo reducido y agenda apretada, usan los alojamientos de un modo bien diverso. Para los viajeros, el hostel, es un sucedáneo del hogar. Reposan en el muchas más horas que un turista en un hotel, se relacionan de un modo distinto, se comparten experiencias, afectos y alimentos. No es extraño que gente que se conoce en estos lugares comparta juntos siguientes etapas de sus viajes. Son el soporte social de los que viajan solos, que no son pocos. En el proceso, ayudan frecuentemente los que trabajan aquí, presentando gente, solucionando problemas o dudas y procurando a cada instante que te sientas cómodo y lo más libre posible.

A esto le sumas su esplendida ubicación encontrándose en pleno centro, con los balcones frente al parque que nos separa de la catedral. En las aceras, un mercado de fruta y verdura al que cada día se añaden minúsculos puestecillos atendidos por ancianas donde venden lo que tienen, los huevos que hoy pusieron sus gallinas, los calcetines que tejieron con lana o con pelo de conejo, tarros de miel sin etiquetar y botellas de refresco rellenadas con leche. Hoy compré allí los huevos y ajos tiernos que empleo para mi cena. La fruta la compré en un puesto, barata y fresca.


Con el sonido de fondo de las canciones, fumo un cigarrillo sentado en el balcón. Observo la catedral iluminada y la templada noche me hace cerrar los ojos. Me quedo dormitando hasta que la gente, por parejas o grupos, sale a terminar la noche por la ciudad. Ahora, ya el local en silencio, me retiro a dormir.

miércoles, 29 de abril de 2015

Miércoles 29,04,15 Varna. Quiero aclarar una cosa. El desastre capilar que llevo sobre mi cabeza, no me ha alterado el sentido del gusto, solo el del decoro. De modo que puedo apreciar y así lo hago, el tipo de peinados que usan las mujeres por estas tierras. Creo urgente que se reconcilien con sus peluqueros. Estos arreglos capilares que usan, no les pueden sentar bien a nadie, tal vez en épocas remotas... no se. Siguiendo con los peinados, una muchacha del hostel, huésped, creo, influenciada sin duda por la estética khaleesi, va monisima ella, de tinte y peinado.

Tras el desayuno en el hostel logro la dirección de una tienda donde tal vez podría encontrar el producto sellador que ando buscando y salgo tras el. Sin éxito. Encuentro, eso si, un cubierto de resina que quiero regalar a Marga y que desde hace como mes y medio, y sin éxito, venia persiguiendo. ¡Bien!

El buen tiempo persiste, a pesar de las previsiones de lluvia que ayer encontré en una consulta por la red. Gracias a ello, paseo indolentemente por la ciudad, disfrutando del sol y unas temperaturas cálidas, mirando escaparates, jardines, edificios y gentes. No salgo de mi asombro cuando me cruzo con un deshollinador, con sus utensilios y tocado con chistera negra. Supongo que la ciudad y su calefacción lo requiere. Creo que fue en Tekirdag, allí en Turquía, donde la principal fuente de calefacción sigue siendo el carbón. Sea carbón o leña, las chimeneas requieren ser limpiadas.

Ayer pasé un buen rato consultando páginas de huertos en balcones y cultivos de tabaco. Ya en un momento de la historia, el hombre dejó de ser nómada gracias o por culpa de la agricultura y no creo que yo valla a ser menos. De modo que ando ilustrandome en el tema de los huertos en terraza y soñando con poder poner en practica lo que aprendo en algún momento.

La tarde la paso con Benjamin, Ben, que ha iniciado por Bulgaria un viaje que le llevará por los Balcanes. Hace música, con un ukelele. Inteligente por su parte viajar con ese instrumento y no con un contrabajo, por poner un ejemplo. Angela lleva en su bici un saxo y la pareja que encontré en Roma por navidades lo hacían con violines. Dejo aquí el enlace de su página.


El hostel se va llenando de muchachas y decido prolongar mi estancia un día más. A ver, me explico, no tiene nada que ver una cosa con otra, es simplemente que salí al supermercado y tras recorrer la escasa distancia que me separa de el, llego al hostel cojeando visiblemente y ya por las fechas comienzo a descartar el llegar a Galati, por lo que desde aquí iré directamente a Bucarest. Para pasar por un sitio es tarde y para ir al otro, tal vez, demasiado pronto. Por lo que demorar mi partida un día más supone dejar que la rodilla vuelva a ser lo que era y no un híbrido de articulación humana y berenjena. Los perretes tienen visita, una de las chicas viaja con el suyo y ya son tres animalillos los que corretean de un lado para otro por la sala de estar. Con el paso de la tarde la cosa se va animando, suena música local, tradicional, y unos chicos del hostel se arrancan con bailes populares, a todo esto la cerveza no ha comenzado aun a hacer acto de presencia. Anoche salia de la cocina por cajas, esto promete.

Finalmente la noche es más tranquila de lo esperado. Slava se marcha ya del hostel, otros salen esta noche por la ciudad y los que nos quedamos lo hacemos disfrutando de un rato de paz en el salón que queda medio vacío y en silencio. Bien.


Martes 28.04.15 Varna. Anoche, tras algún ajuste, logre que el doble techo no rozara siquiera el cuerpo de la tienda. Satisfecho del resultado dormí a pierna suelta. Si bien esta noche ha sido muy seca y ni dentro, por la condensación, ni fuera por la humedad del ambiente, la tienda presentaba esta mañana resto alguno de humedad. Esto cambio al poco tiempo, cuando nada más ponerme a rodar, las zonas bajas de los bosques circundantes quedaron bajo un manto de niebla fresca.

Las nubes amenazaron lluvia, que no pasó de ser alguna gota dispersa sin importancia. Tarde mucho más de lo acostumbrado en cubrir la distancia que me separaba de Varna, con múltiples paradas y subiendo un par de cuestas de mucho desnivel a pie evitando castigar mi rodilla.

Nada más llegar a la ciudad no tardo en dar con el hostel. Tarde, salgo a comer algo. Por primera vez en no se cuanto tiempo me supone un esfuerzo terminar con el inmenso plato de comida que me sirven, ayudado por una cerveza y agradecido que el pan sea sin levadura y con menor volumen. El precio, como viene siendo costumbre, es de risa.

Armado con un plano de la ciudad y dejando la bici a resguardo en el hostel, aliviado por no tener que preocuparme por su seguridad y por castigar mi rodilla caminando en vez de pedaleando, lo que me resulta menos doloroso, cubro los 4 kilómetros que me separan de Decathlon, más los 4 de vuelta, claro, para encontrarme, que el producto que busco para reparar las costuras, esta agotado. Me dicen que viene de camino, que lo tienen en 6 días. Aunque fuera cierto, no puedo ni quiero pasar 6 días de espera. Dispongo de una nueva oportunidad en Bucarest, otra en Belgrado y no se si alguna más antes de que necesite la tienda en perfectas condiciones para actuar como esmerado anfitrión de Marga, que rodará conmigo desde Budapest.

He visitado al menos una buena parte de la ciudad. Primero para ir a comer donde me recomendaron y más tarde hacia la tienda. Mañana, con más calma y más descansado iré callejeando por una ciudad que me resulta cómoda y grata.

Por la noche me siento incapaz de tomar alimento pesado, tras el banquete del medio día. En el mercado de fruta que hay frente al hostel y ante la catedral, compro casi un kilo de fresones y esa será mi cena. Deliciosos. Paso el resto de las horas antes de dormir conversando con algunos otros huéspedes. Son los hosteles sitios de reunión de viajeros que intercambian información de muchos tipos y experiencias interesantes. Aquí he conocido a Slava, un dibujante ucraniano que tras visitar en Odessa a sus padres, viaja ahora en dirección a Estambul para hacer allí el verano vendiendo a los turistas sus retratos. Habla español aprendido en sus 8 años de residencia en Argentina. Otro compañero es brasileño y está recorriendo los Balcanes, va hacia la costa adriática y subirá por ella hasta Venecia, desde allí a Roma y regreso a Brasil. Está Ivan, un fines que me regala una camiseta de ciclismo y se une al grupo de los que hablamos español auxiliado por las oportunas traducciones de Slava. El resto son búlgaros menos un muchacho del Baltico poco comunicativo y ensimismado entre la música de su móvil y los vídeos de su tablet. Hay un par de perros canijos, uno de ellos realmente es diminuto, que van de un lado a otro, se suben en los clientes y mendigan un bocado o un poco de atención. Les daré de lo segundo.


Tras un rato de breve charla con Marga, me retiro a dormir extenuado de tan largo día.
Lunes 27.04.15 Un bosque a mitad de camino entre Burgas y Varna. Ayer domingo apenas si caminé un poco por la población, lo justo para tomar un café por la mañana y otro rato a medio día para comer. La cena la hice en mi habitación con la comida que llevo conmigo.

A la hora que me levanto aún los bares están cerrados, termino tomando café de una máquina que hay junto a un kiosco. Allí me reencuentro con un antiguo conocido que he añorado desde que me separé de el. Hay picadura para liar de George Karelias. Compro un paquete de 20g y como dos amantes que se ven de nuevo tras una involuntaria separación, posaremos el día en la cama. Reposando mi rodilla dolorida y liando algún cigarrillo con mi nueva adquisición para deleitarme con su perfume.

El día no da para mucho más en mi estado y prefiero posponer mi visita a Nassebar para el lunes por la mañana.

Me despierto tarde, muy tarde, anormalmente tarde y alarmado por el modo en que he podido dejar pasar esas preciosas horas de la mañana. El día es espléndido y ruedo de nuevo, como hacia mucho tiempo que no me lo permitía, en manga y pantalón corto. Un placer. Tras la visita aplazada a Nassebar donde recorro la península de su ciudad vieja, comienzo el ascenso a los montes que me separan de Obzor. No es que tras esa población los montes desaparezcan, pero estos se van presentando con menos pendiente y más separados entre si. A mi tardío despertar, le sumo dos retrasos adicionales antes de salir. Desayuno invitado por Mitco, suena así pero no se como se escribe, el dueño del hostal donde he dormido. Y me retraso un poco más visitando un Lidl y haciendo poca compra.

El camino, flanqueado por bosques en ambos lados de la carretera y en ocasiones con alguna vista sobre el mar, es todo un placer, aumentado por el aire cálido que no deja de refrescarme. Es pasada la hora de comer, cuando decido ponerme algo de ropa encima, por la bajada de temperatura y por tener que bajar lo que antes subí.

Voy rodando con calma, la rodilla me sigue dando guerra pero no me impide adelantar algunos kilómetros. El bosque de la mañana da paso a campos sembrados con alguna concentración de árboles que me proporcionan múltiples ofertas para pernoctar. Llegada la hora en que ya no me siento con ánimo para seguir castigando mi rodilla, busco una zona elevada en un pequeño claro del bosque y allí decido montar la tienda. De nuevo la temperatura es cálida y recostado sobre mi catre, fuera del saco, paso un buen rato de descanso gozando de la quietud y belleza del paisaje. Este bosque que hace unos meses podría resultar monótono o amenazante, ahora con los colores primaverales es un espectáculo hermoso.


Me separan unos 45 kilómetros de Varna y pienso parar allí hasta que mi rodilla se recupere. Puedo rodar, mal, en estas condiciones, pero puedo agravar mi dolencia y causarme una innecesaria lesión que me complique mucho más las cosas. Me da rabia tener que usar un hostel para recuperarme, con lo sencillo que me está resultando encontrar bosques que me sirvan de abrigo, pero hay dos factores que me convencen a tomar esa decisión. Mi economía no va mal en este momento, gracias a los precios que me voy encontrando por aquí y el hostel de Varna, pagando en levas me sale por menos de 8 € desayuno incluido, una ganga. Por otro lado en Varna hay un Decathlon donde tengo intención de comprar un tubo de un material sellante para reparar las  costuras termoselladas de mi tienda. Tras poner el producto, el doble techo, ha de estar sin plegar durante muchas horas, cosa que no me permite hacerlo sobre la marcha. El hostel dispone de patio y allí la podré reparar y continuar con mejores garantías de no terminar con la tienda anegada bajo una intensa lluvia.

domingo, 26 de abril de 2015

Sábado 25.04.15 Ravda. Día movido. Y divertido. Por la mañana despierto con la tienda calada, por fuera. Sin problemas, luce el sol y pararé en algún momento a terminar de secar el doble techo, que hoy viaja aparte de la tienda y sobre los demás bultos, para evitar que moje el resto. A pocos kilómetros de donde duermo paso por un grupo de casas, no llega ni a aldea, pero frente a una de ellas, hay un cartel en cirílico que promete café. Los perros de la casa hacen que salga el dueño y en el interior de la casa, aquello no es un bar se mire como se mire, me sirve un café y un cruasan. El salón donde lo tomo, mientras intentamos un amago de conversación, esta “decorado” con trofeos de caza y calendarios de señoras ligeras de ropa. Ambas cosas tienen ya sus años, por el polvo de las cornamentas y las fechas de los años que lucen los calendarios. Es barato y esta caliente. Con el cuerpo ya templado me dispongo a cubrir los muchos kilómetros que hoy me separan de mi destino.

Le pedí a Marga que me mirara un hostel. Por un lado tengo muchas ganas de poder conversar con ella, vía skype, por otro mi rodilla me ha dado la noche. A cada movimiento sobre mi catre esta me despertaba con molestias. De los dos sitios que me envió donde puedo encontrar alojamiento, uno lo está ya pasado y se encuentra literalmente en ningún sitio. El otro promete estar a unos 30 kilómetros pasado Burgas y hacia el me dirijo, si bien tengo intención de visitar la ciudad. En total algo más de 80 kilómetros que no son muchos ni pocos, todo depende de la orografía y de como se comporte mi rodilla hoy.

En Burgas me detengo para comer, visitar su zona histórica y charlar un rato con un veterano ciclista local. Es tremendo el contraste con respecto a Turquía en cuanto a ciclistas se refiere. En Turquía no llegue a ver un solo ciclista deportivo y hoy, sábado y por la zona del bosque, no dejo de cruzarme con grupetas que han salido a subir cuestas y disfrutar de un soleado día.

A la salida de Burgas me detengo a comprar provisiones y me lanzo a por los 30 kilómetros que me separan de mi destino. La carretera el llana, eso es bueno. No tiene arcén y los coches conducen como poseídos, eso es lo malo. Una señal me indica que no se puede circular en bici, cosa rara cuando antes he rodado por autovías para llegar a Burgas sin que indicaran prohibición alguna. En fin. Un camino de tierra junto a la carretera me demora pero me permite ir sumando kilómetros y respetar las normas a la vez. Es un humedal, reserva ornitológica y todas esas cosas. Y hay mosquitos, que se le va a hacer.

Tan pronto llego a Ravda me lanzo a buscar la dirección. No existe. Ni esa calle ni alojamiento con ese nombre. Tras mucho preguntar conozco a los dueños de un restaurante y usando su wifi puedo finalmente consultar donde se encuentra el hotel. Listo, encontrado, el hotel que me indico Marga tiene buen precio y existe, el problema es que se encuentra en Saratov, Rusia, a solo 2.300 kilómetros ó 2.150 si pillo un atajo. Mi cara es un poema y rompemos a reír. La gente que tan amablemente me esta ayudando piensa que mejor un hotel más cerca, y un amigo suyo tiene uno en la misma manzana en que me encuentro y curiosamente a mejor precio. Asunto solucionado. Mi rodilla no da más de si y tomo habitación para dos noches con la idea de que me baje la inflamación.

Cenaré en el restaurante donde me atendieron un plato suculento, caliente y muy muy barato acompañado de medio litro de cerveza que no me termino. Ni que decir tiene que antes de eso he lavado prendas y mi persona en una ducha de agua caliente. En todo el hotel solo hay dos huéspedes, servidor y un británico que vive aquí y con el que no me he llegado a cruzar aún.

Otra cosa interesante es que me encuentro a tan solo cuatro kilómetros de Nessebar que según me informo tiene cantidad de cosas interesantes para ver y que pienso visitar mañana si me encuentro con ánimos de caminar o el lunes cuando emprenda la marcha.



Viernes 24.04.15 En algún lugar del parque natural de Strandzha, Bulgaria. Sabia que me encontraría montes al llegar a la frontera, pero no esperaba algo tan hermoso. El día soleado influye, la primavera, por supuesto. Los robles tienen hojas nuevas y el espectáculo es como para detenerme a cada instante a disfrutar del paisaje. Un río e incontables arroyos discurren bajo mi, a la derecha de la carretera que se va elevando. Llego a la última población de Turquía antes de la frontera, a solo 10 kilómetros. Un pueblo pequeño y sin un palmo de asfalto y me tomo un festín para desayunar, un par de cafés con leche terribles y un par de rosquillas secas y duras, eso sí, por unos 70 céntimos de euro. Me deshago de las monedas locales que aún me quedan en una tienda de comestibles y ya con los deberes terminados me dirijo a la frontera. Esta en alto, como no.

Un puesto fronterizo de escaso transito donde el guarda turco dormita con los pies en alto sobre la mesa. Un vistazo a mi pasaporte sin excesiva atención y tramite terminado. En el control búlgaro aún tardo menos. Y todo lo que subí ayer y hoy, hoy lo tengo de bajada. De nuevo 10 kilómetros hasta la siguiente población que recorro en un suspiro. La coloración y disposición del bosque a este lado no es como en el turco. No logro ver en que se diferencian, pero no son iguales.

Nada más llegar al primer pueblo me dirijo al bar a terminar de cargar la batería del teléfono y tomo un café algo mejor que los que desayuné. Precios igualmente fantásticos para mi magra economía. Con leche por unos 30 céntimos.

Desde aquí y durante todo el resto de la jornada, voy rodando entre el bosque de este parque natural, con escasa presencia de vehículos y solo seguido en ocasiones por un todo terreno del servicio forestal que no me quita ojo de encima. Aquí no esta permitido acampar, según veo en los carteles y los forestales se temen que sea esa mi intención. Pasamos horas jugando al ratón y al gato. Yo soy el ratón, pero hay mucho donde esconderme y finalmente el gato se cansa de seguirme o llegó su hora de dejar el trabajo. Un claro del bosque, sobre un cómodo suelo tapizado de hojas secas y hierva me servirá de colchón. No tengo la carretera lejos, pero si me encuentro al resguardo de miradas indiscretas.


Con la tienda montada y sobre mi catre me quedo dormido a media tarde. Me despierta una sinfonía de ruidos, ya anochecido. Pisadas. Un bramido, o gruñido o que se yo, imposible imaginarme que tipo de animal pueda producirlo. Más pisadas, de animal, claro. Aullidos. Todo tipo de trinar de pájaros que no se detendrán en toda la noche. A esto le acompaña los sonidos que hace meses me sobresaltaban y ya no lo hacen. El viento al mecer las ramas o sobre la tienda. He cenado, estoy cansado y no dispongo de luz. De modo que a dormir toca y mañana será otro día. El parque es muy hermoso y solo me siento amenazado por otras personas del lugar, los animales y los forestales. Poca cosa. He dejado las puertas abiertas con las mosquiteras, pero hay dos zonas, una a cada lado de los costados de la tienda, en donde el doble techo toca el interior. No se como evitarlo y así sucede desde hace tiempo. Mal asunto si la noche es húmeda.