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domingo, 5 de abril de 2015

Lunes 30.03.15 Por la zona de Kesan. En Génova, en el consulado, me informó un funcionario que desde el primero de enero, de este año, no seria preciso el pasaporte para entrar en Turquía. Imposible convencer con estos argumentos y sin saber hablar “extranjero” al policía de la frontera turca que insiste en que necesito un visado. Me expreso como puedo, a saber, gesticulo mucho, hablo con vehemencia y me temo que elevo la voz.

Tras pagar el visado en cuestión, que sangra mis maltrechas finanzas un poquito mas de lo que están y me conducen al control de aduanas y allí se ensañan conmigo. He de desmontar todo mi equipaje, sacar todo de cada bolsa, extender sobre la mesa uno a uno mis artículos de aseo y vaciar el contenido de cada cosa que llevo, para ser “examinada”. Dos horas. Ni mis calcetines sucios metidos en una bolsa en espera a ser lavados, que ríete tu del ébola de lo tóxicos que son, detienen al concienzudo agente de aduanas. He de desplegar la tienda de campaña y dar la vuelta al saco de dormir. Eso si, con la tranquilidad de quien no lleva nada que inflija las normas.

Tan pronto llego a Upsala me dirijo a la primera sucursal bancaria para comprar liras turcas. Lo siguiente, comer, y tras esto compro por el precio de un paquete de tabaco de 15 g en Grecia, una bolsa que me pesan con 115 g. Para fumar ya tengo.

3 kilómetros más tarde visitaré, con gran placer, un supermercado donde veo precios razonables para mi y esta bien surtido. Lleno de alegría compro cosas y cargo de peso mis alforjas. Con moderación, por que las cremalleras se rompen. Todas. Siempre. Un roedor gabacho medio me destrozo una de ellas en Villefranche-sur-Mer y llevo meses viajando con un mal apaño de la misma que ayer termino de morir. He logrado otro apaño, peor que el anterior, si bien la puedo usar un tiempo, ese espacio no lo debo cargar en exceso so pena de acelerar su deceso.


Y con estas y otras cosas paso mi primer día por tierras sarracenas.
Domingo 29.03.15 Pasado Alexandroupolis, como a unos 25 kilómetros de la frontera turca.

Con la intención de ir con tiempo adelantado, hoy me he comido una buena cantidad de kilómetros. Los 65 que me separaban Komotini de Alexandroupolis más otros 20 de regalo para irme acercando a la frontera. Parte por si mañana diluvia y parte por otra razón más absurda. Tengo tabaco para hoy y casi para mañana y si me planto en Turquía con tiempo el siguiente lo compraré allí y a mejor precio, espero.

Estos días en Grecia no han sido lo buenos que esperaba. No por que el país me desagrade, ni de lejos, ni por sus gentes, en absoluto. Las razones han sido el clima que he padecido y que poco se presta al turismo ni a la relajación. Otro factor adicional me ha impedido el disfrutar este país como se merece y no es otro que la comida. La he encontrado cara para mi economía, lo mismo para los que se mueven en un estrato ligeramente superior, la encuentran asumible e incluso barata.

Si he disfrutado del café griego, aunque parezca mentira. Pero tomar un café con leche en condiciones es poco menos que imposible y sus expresos son espantosos, encontrar bollería dulce en un café todo un milagro, si no es una marca envasada, cara y mala de cruasán que veo en algunos lugares y ya conocí en Albania.

En Thesaloniki si encontré muchas pastelerías y panaderías con gran variedad de artículos y donde desayune la mayor parte de los días tenias “muffins”. Me resultan espantosos. No el producto en sí, si no el modo en que han tomado una magdalena de las de siempre y le han cambiado el nombre para multiplicar su precio. Tiemblo ante la perspectiva de que algún traductor iluminado use la palabrita de marras y jorobe irremisiblemente una de las meriendas de Proust. Y si no, al tiempo.

Mi última noche griega la paso en una cafetería cerrada de una estación de servicio sin servicio. Su propietario, amablemente, me indica el mejor sitio para dormir, me deja una garrafa de agua para mi aseo matinal y me ofrece un refresco, que tomo con el, su mujer y unos amigos con los que pasa la tarde dominical en su local. Uno de ellos, ya jubilado, fue marinero en España y me habla con cariño del tiempo en que vivió allí.

Los dos perros el dueño se encargaran de darme una noche espantosa, ladrando constantemente a todo y dejándome dormir, intermitentemente, muy poco tiempo.




Sábado 28.03.15 Komotini. Los perros en Grecia me parece que se comportan de un modo distinto a otros lugares que conozco. Aparte de los que en fincas o naves trabajan alejando visitas no deseadas, pocos he visto con dueño, así, paseando y todo eso. La mayor parte de los que me cruzo son grandes animales, siempre en grupo, y que ladran y persiguen, intimidan, a coches, motos y como no, ciclistas.

Ese hábito malsano tiene sus consecuencias y no pocos cojean como resulta de encontronazos desiguales. En más de una ocasión me veo cerca de terminar en el suelo por su causa y en una de ellas me tuve que detener a discutir con uno de ellos sobre el propietario legitimo de mi sandalia hasta lograr que la soltara. La sandalia penden de las alforjas traseras, en sus costados.

Duermen de un modo que se me antoja distinto, me explico, su postura para dormir. No lo hacen enroscados ni sobre su panza. Duermen sobre uno de sus costados con las patas estiradas. Todos. En ocasiones me parecen muertos. Entonces me ladran y ya veo que no. Igual lo hacen así en todos lados y no me había fijado bien antes.

Hoy he rodado cuando el agua me lo ha permitido y detenido cuando era aconsejable. De cualquier modo he cubierto una distancia aceptable y tenido la fortuna de encontrar abrigos cuando los he precisado a lo largo de toda la jornada. Poco me he mojado. No queriendo tentar a la suerte me detengo con tiempo para hacer noche.

Las distancias que medí con Marga para estas etapas de poco me sirven. Salvo que marque pueblo a pueblo, y aún así, el google maps me mide el recorrido por la carretera que le apetece y eso en ocasiones me da distancias mayores y en otras a la inversa. Desde Thesaloniki hasta Komotini mne las ha medido por la autopista y el camino que estoy usando suma a esas distancias no menos de 10 adicionales cada días.


Viernes 27.03.15 A 5 kilómetros de Xanthi. Es para días y noches como las de hoy para lo que sirve llevar adelantado el plan de viaje.

La lluvia no ha dejado de caer en las últimas 24 horas, en ocasiones con gran intensidad, dispongo de un buen abrigo y malditas las ganas de rodar en estas condiciones. De modo que dedico la mañana a leer, libro y red, en un café, hacer compras en un Carrefour espantado de los precios, una marca italiana de café, que me gusta, la encuentro a 4€ más caro el kilo, y cocinarme algo caliente.

La tarde la paso con la excitante ocupación de ver como las gotas caen en los charcos. Me separa de Estambul unos 400 kilómetros y, creo, tengo tiempo para llegar antes del días 7.

Mis pocos desplazamientos de hoy dejan mis pantalones, ya solo esa prenda no es impermeable si bien a través de la misma se cuela el agua en las botas, calados completamente. Los seco puestos, es más rápido y mucho menos grato que de otro modo.

Tengo anotado algún hostel de Estambul y si finalmente son a esos precios, creo me podré permitir alguna noche antes de partir a Roma y la de retorno, pues la hora del vuelo no es compatible con salir a rodar ese mismo día. Eso sin contar con que he de ir al lugar donde Marga me ha gestionado un aparcamiento para mi bici. Es un sol, y llena de recursos.

Con el google maps frente a mi, he sentido la tentación de buscar el lugar más seco del planeta y mirar la ruta más rápida para alcanzarlo. La lluvia puede conmigo. La sensación de vulnerabilidad que siento ante ella sobrepasa lo físico y me deja sin ánimos para enfrentarme a algo, que en si mismo, no debería ser más que una simple molestia. Ruedo con mayor esfuerzo, me canso antes, obviamente, incluso antes de empezar, y paso el tiempo con la mirada buscando posibles abrigos a cada paso que doy. Mal, muy mal. He de cambiar esa actitud, pero no encuentro el modo. El simple contacto de mis manos con los bultos mojados ya me produce rechazo y desagrado. El plagar la tienda bajo la lluvia, saberla mojada en su bolsa y no encontrar lugar donde poder secarse, lo soporto como algo que me va taladrando y me desgasta con cada pedalada.


Con todo esto, el días se me hace mortalmente tedioso, eterno, una larga espera a que anochezca y terminarlo en mi saco a la espera de lo que me depare mañana. Cuando el ruido de la tormenta se relaja, escucho como llaman a la oración en una próxima mezquita. Las previsiones son de agua hasta el domingo. ¡Maldición!
Jueves 26.03.15 Xanthi. De nuevo me he cruzado con otro cicloturista, este de Australia. Jubilado y con su Brompton rueda desde Estambul a Milan. Se queja de su máquina, la dificultad de encontrar repuestos, lo caro de estos y lo fácilmente que se desgastan, en viaje, el dibujo de sus pequeñas cubiertas, obligadas a mayor roce por kilómetro. Tiene los productos, cualquiera que sea el tipo de estos, la característica que cuanto más especializados son, menos aptos para otros menesteres. El objetivo de esa bici es el ser plegada y ocupar poco espacio y no otro. Por bonita y curiosa que sea.

Llueve mientras hablamos y oímos tronar de un modo extraño. Realmente no está tronando, sucede que nos hemos detenido, sin reparar en ello, cerca de donde se están realizando unas maniobras militares con blindados. Lo que nos parecía tronar son explosiones de su artillería.

No comenté que los planes han cambiado un poco. Lo malo del cambio es que no tendré a Marga en Estambul dos o tres días. Lo bueno que estaré junto a ella muchos más días, pero en Roma. Vuelo desde Estambul para reunirme con ella y ver que pasa.

Para no alterar mi partida desde Turquía a Bulgaria y no quedarme sin conocer la ciudad, ruedo más kilómetros por jornada con la intención de disponer de un par de días y recorrer sus calles. Otra razón de peso es el clima y el precio. Vi en una previsión meteorológica que el fin de semana en Alexandroupolis no será tan terrible como en la zona que voy dejando atrás. El tema del dinero también cuenta. Presumo que Turquia será más barata que Grecia y eso me anima a llegar, si puedo, un par de días antes, con el ahorro en alimentos podré, lo mismo, pagarme un hostel en Estambul. Quien sabe.

viernes, 27 de marzo de 2015

Martes y miércoles 24 y 25.03.15 Kabala. Ruedo por la costa viendo playas y calas de ensueño, aún vacías.

Con la primavera florecen los campos y los cicloturistas. El sábado, en Thessaloniki, nos encontramos con Angela, uno de los tres ciclistas con los que me crucé camino a la frontera de Albania y que se dirigían a Athenas. Ahora rueda sola, pasará unos días de descanso para continuar a Estambul. Igual me la encuentro de nuevo por allí. Hoy martes ha sido con Jean Pierre, un maduro francés que viaja de Estambul a su tierra, por los Balcanes. Como siempre nos detenemos e intercambiamos información.

Poco antes de nuestro encuentro me tropecé de cara con el León de Amfípolis y pasé un buen rato merodeando en sus alrededores y disfrutando del encuentro.

El miércoles visito Kavala y decido dormir en un pequeño puerto, a su salida, junto a una parada de taxis, todo un acierto. Converso con ellos durante horas, me invitan a una infusión y me prometen que velarán mis sueños, ya que algunos de ellos realizan el turno de noche, y así debió ser por que paso una plácida noche como hacia tiempo que no tenía.

Poco antes de llegar a Kabala, en un pueblo a unos 15 ó 20 kilómetros, paré a comprar algo. Por la TV puedo ver un desfile militar y caigo en la cuenta de la gran cantidad de banderas que desde ayer vengo observando por las calles. Es una fiesta griega. He de mirar de cual se trata. Al salir de la tienda y llegar al paseo marítimo me encuentro de frente con un desfile.

En la tribuna, dos marinos, dos oficiales de tierra, una autoridad religiosa y dos paisanos de traje. Frente a ellos la banda de música más pobre que he visto nunca. El que la dirige lleva con paciencia y humor las notas con que unos niños y un par de adolescentes, con chaquetas de uniforme inmensas para sus tallas, atormentan al público congregado en el paseo.

Desfilan, mal, muy mal, niños con faldas, largas las de ellas y mucho más cortas las de ellos, trajes típicos.

Leí hace pocos días sobre el desmesurado gasto militar griego. Me pregunto que gasto militar no es desmesurado. Sobre todo si nos detenemos a pensar en la finalidad del mismo. O en todo lo que se podría lograr empleando ese capital.

Recuerdo una frase de Einstein que decía algo así como que desconocía que armas se emplearían en una supuesta tercera Guerra Mundial, pero que la cuarta se libraría con palos y piedras. Lo mismos nos podríamos saltar una guerra y armar directamente a la gente de palos y piedras. Sería más barato, menos bajas casi con seguridad y a estas alturas, los yanquis, aún estarían apedreando Hiroshima, con lo que Nagasaki se podría haber librado.


El pequeño puerto, donde paso la noche, es precioso y veo sus locales llenos de gente celebrando el día festivo. Paseo recorriendo la zona y haciendo tiempo para que anochezca, la temperatura nocturna poco tiene que ver con los 2 grados de la madrugada de hoy.
Lunes 23.03.15 En un lugar con nombre de medicamento. Un bosque frente al lago.

Odio despertarme a las cinco de la mañana y que ya esté lloviendo. Odio empacar todos los bártulos en una bicicleta mojada y bajo la lluvia. Y odio tener que comenzar a rodar ya de buena mañana con la lluvia en la cara. Un abrazo a Vago en la puerta del hostel me mejora momentáneamente el humor.

Aparte de esto el día no se me da mal del todo. Tras una primera y prolongada subida que deja atrás la ciudad me voy adentrando en un precioso valle dentro del cual se encuentran dos lagos. Al norte de los mismos transcurre la autopista y me veo obligado a rodar por el sur de los mismos haciendo algún kilómetro de más. ¡Que más da!, no tengo nada mejor que hacer. Hay mayor densidad de pueblos de los que pude ver en el norte o eso me parece a mi.

Igualmente suplen la falta de bares de carretera con furgonetas, frente a las que montan algún toldo más o menos elaborado y más o menos desmontables, donde venden cafés y comida rápida. El acertar con el tipo de café al pedirlo y que este no sea demasiado malo es ya por si mismo una aventura. La mayor parte de las veces tomo algo muy distinto a lo que me gustaría. Al menos calienta el cuerpo si tengo la fortuna que no me lo sirvan frío o casi.

Recuerdo con mucho cariño el momento en que compré mi “casaco” portugués, fué mi primera prenda adquirida tras el robo, si descarto los calcetines, y el modo en que la busqué por medio país, la elegí y regatee su precio.

Hoy me he desprendido de ella, la vestirá un vagabundo o indigente o que se yo de Thessaloniki a quien se la he dado. Tenía esta prenda algún inconveniente. A saber, voluminosa, pesada, fácil de mojar y necesitando de varias eternidades para su secado. Me ha hecho, no obstante, un inestimable servicio y desprenderme de ella me ha apenado más de lo que esperaba.

Estos días pasados en el hostel he podido terminar de completar mi lista de las prendas que necesito, gracias a algunas lecturas en la red y notas que sobre las mismas venia realizando. Salvo alguna excepción mis prendas no eran adecuadas y ello me ha causado no pocas molestias con el agua, precipitación, condensación o transpiración. En este momento tengo casi las prendas que debo usar en las capas idóneas y tan solo ando a la espera de encontrar a buen precio las que me faltan. Unos pantalones de Gore llegarán a casa de Marga en algún momento, todo sea dicho.

Lo cierto es que se va notando la diferencia con cada prenda que sustituyo, aparte del confort en su facilidad de secado y su escaso volumen y peso, de modo que comienzo a notar que me acerco a la equitación optima para rodar con clima adverso.

Me dirijo ahora, por Aspovalta, Kevala y Alexandropoli, hacia Estambul, siguiendo el trazado de la Vía Egnatia y siento una especial ilusión por llegar a ese destino. Me atrae la ciudad, me gusta poder llegar a ella de este modo en que lo estoy haciendo y en este momento preciso de mi viaje. Decir que muy probablemente pase allí unos días con Marga le añade la guinda para que tenga una positiva y sana ansiedad a que llegue el momento.


Viernes, sábado y domingo 20, 21 y 22.03.15 Thessaloniki. No me explico el modo en que Marga conjura los elementos, pero a buen seguro que lo hace. Con su presencia el tiempo se hace bueno y empeora tan pronto parte.

Describir este fin de semana me ocasiona dos problemas, por lo que no lo voy a hacer. Ni puedo ni debo.

Por un lado es tal la acumulación de sensaciones, proyectos, sueños más o menos realizables o disparatados, tal el cúmulo de sentimientos y vivencias, que difícilmente me siento capaz de narrar de un modo coherente, siendo todo tan denso y tan reciente. Y es que tres días se pueden pasar de muchos modos y en ellos compartir más o menos horas, pero lo cierto es que sumando todo el tiempo que hemos podido pasar físicamente separados a lo largo de estos días dudo que sumen algo más de 20 minutos.

El segundo problema es que este es mi diario, no el de ella o el nuestro, de ambos, por lo que dejemos el tema así y que cada cual lo componga como guste...

Marga con Angela, nos conocimos cerca de la frontera de Albania


Solo decir la pena que me embarga cuando me he de separar de ella y la tristeza con que vivo esas últimas horas previas a la separación.


Un problema con mi hernia discal termina por rematar mi tarde y ya en el hostel soy consciente de lo distinto que lo encuentro. Poco se parece al lugar donde hice tiempo a su llegada y ahora se convierte en un escenario ajeno donde me recluyo con mis recuerdos, aún pudiendo oler su presencia. 
Martes, miércoles y jueves 17, 18 y 19.03.15 Thessaloniki. El mal tiempo de este invierno, al menos eso me lo parece a mi, el frío, las montañas de estos días pasados, todo eso por un lado. Por otro que en Albania y Macedonia pude ahorrar dinero, por el poco gasto y aquí no estoy teniendo demasiados. Ambos factores me deciden a ocupar un hostel estos días de espera. No me siento con ánimos de deambular bajo la lluvia o el frío que padece la ciudad estos días, de un lado para otro arrastrando la bicicleta y pasando las horas muertas en las calles sin poder contar con los kilómetros de recorrido, que si bien pueden ser incomodos o penosos en según que circunstancias, al menos me ayudan a entrar en calor y a matar el tiempo.

En la ciudad vieja, Ano Polis, Marga me localiza un hostel y allí me instalo estos días.

Recorro la ciudad, si, pero con un tiempo frío y desapacible. Bajo la lluvia en no pocas ocasiones. Y realmente lo que piden mis huesos son el calor de la caldera siempre encendida, el calor de la conversación con otras personas y el calor de la manta y colcha de mi cama. Por lo que permanezco entre las paredes de este sitio todo el tiempo que puedo, reconciliándome con mi cuerpo que siento castigado por este, repito, largo y duro invierno que parece no quiere terminar.

Me sorprende mucho que un área metropolitana de más de un millón de almas y una población de más de trescientas mil, se me haga tan pequeña cuando la recorro a pie.

La mañana del jueves el tiempo me dará un respiro de algunas horas, que aprovecho para recorrer los mercados de la ciudad y disfrutarlos.

En el hostel el ambiente es mejor que bueno, con los que lo atienden que son amables por demás y con el resto de huéspedes con algunos de los cuales no tardo en entablar relación. La noche del miércoles y al cierre del bar del hostel, continuaremos en el patio del mismo compartiendo unos vinos. Comparto habitación con Julian, de Verona, un muchacho de Alaska y Román, un ruso de Moscu. Una rubia muy californiana va de un lado a otro como un cascabel alegrando las estancias por las que pasa. Y con todo eso las horas se me pasan volando, acostumbrado a largas esperas sin nada en que distraerme esto se me hace el paraíso.

El disponer de conexión me ofrece la oportunidad de conversar con Marga durante horas, que me pasan sin darme cuenta. Mañana la tendré por aquí y tenemos miles de cosas de que hablar.


Y poco más, con el frío y la lluvia tengo pocas ganas de andar por la calle y paso las horas muertas bajo techo.

jueves, 19 de marzo de 2015

Domingo y lunes, 15 y 16.03.15 Vía Egnatia. Haciendo tiempo para no llegar a Thessaloniki demasiado pronto y siendo el camino, ya, por fin, cuesta abajo o en llano, hago más uso del freno que de los pedales.

Una lectura que recuerdo de mi adolescencia, fue un librito titulado “La prensa y la calle” y firmado por Juan Luis Cebrián. Relataba algunos de los momentos, decisiones y discusiones que fraguaron el nacimiento del diario El País. En uno de sus capítulos describe en detalle la cuestión de titular al mismo con caracteres en mayúsculas, minúsculas o ambos a la vez. Decidido el uso de las mayúsculas si poner o no la tilde.

Finalmente se adoptó la decisión que aún vemos en su cabecera, ante detractores que no veían con buenos ojos, por eso de la dificultad de lectura, el uso de mayúsculas, pero además por lo poco frecuente de ponerles tilde, a pesar de lo claras que puedan ser al respecto las normas ortográficas. Esto se hizo, con el convencimiento, y acierto, que un nombre, pasado el tiempo, deja de ser un conjunto articulado de signos para convertirse en una imagen, en algo que se “ve” en lugar de leer.

De este modo, “veo” las indicaciones de la carretera, donde no puedo leer Edessa o Thessaloniki pero si se distinguir que es eso y no otra cosa lo que pone ahí y de ese modo las voy siguiendo.

Tiene Edessa, entre otros atractivos, unas cataratas que desde la población que cuelga en las alturas, se precipita al valle. Antes de que el agua salte, recorre en rápidos y sonoros canales sus calles y parques, o a través de otros más angostos y calmados, sus jardines. Arboles con troncos de gran diámetro hablan de su edad y de la que la ciudad cuenta, que son más de tres mil de estos los años que suma.

El día es soleado y fresco a esta altura, se irá tornando algo más cálido a cada kilómetro de descenso y esa noche dormiré sin frío y con las puertas de la tienda abiertas para evitar la condensación de la humedad que aún retiene la misma y ante lo innecesario de su protección.

La tienda montada en un parque público de una pequeña población, con autorización para hacerlo, la siguiente noche sera en el jardín del propio ayuntamiento, igualmente con autorización, por supuesto, pero no monté la tienda. Me indicaron que podía usar el porche de la entrada para dormir bajo techo y así lo hice. Solo monté el doble techo por intimidad y todo sea dicho, algo de calor retiene. Al estar a las afueras de la población y esta ser muy pequeña el lugar no es frecuentado, tras una reunión que unas vecinas celebraron por algo de comercio de sus hortalizas.

Me voy comunicando como puedo y no me deja de sorprender que finalmente logre hacerme entender o los entienda cada día. Junto a las dependencias municipales hay una pequeña fábrica donde envasan no se que alimentos, una empleada, creo que la única, me da la satisfacción de hablarme en italiano y dejar que me exprese en español. Todo un respiro.

Tengo Thessaloniki a treinta kilómetros y dispongo de tres días para llegar allí. Marga me escribió el domingo diciéndome que si bien ella no llega hasta el viernes, en el hotel tengo habitación reservada desde el jueves. Es un sol.

El tiempo vuelve a ser nublado pero si en los próximos días luce sol cerca de una fuente me pondré a hacer colada. Si no es así, siempre podré ir el jueves a una lavandería y poner mis prendas en unas condiciones aceptables, por que huelen mal. Están francamente sucias.

La vecina que me dio de cenar el sábado, apareció el domingo por la mañana en la puerta de mi tienda, tan pronto abrí esta, con un vaso de leche caliente, un trozo de bizcocho y en una bolsa aparte me da otros dos sandwiches que me ha preparado para el camino. No se como reaccionar en estas ocasiones y me maldigo por no saber hablar su idioma y poder expresarle mi agradecimiento. Estos gestos de generosidad me afectan mucho. Lo acepto con la mejor sonrisa que sin esfuerzo se dibuja en mi rostro, agradecido no de los alimentos, que por suerte puedo comprar, si no por el calor, la amabilidad y no se yo cuantas cosas más pueden encerrar dos rebanadas de pan de molde.

Si entro en un bar, por la mañana al café o por ir al aseo, me está sucediendo aquí en Grecia que dos de cada tres veces me invita un cliente o no me cobra el dueño del bar. Y poco antes de dormir, el lunes, me aparece un coche con un desconocido, baja el conductor y me entrega una bolsa, dos cruasán, medio litro de leche y un queso de oveja (para Marga). Lo que me esta sucediendo aquí no me deja de asombrar. Pero es que... apenas 10 minutos más tarde, el propio alcalde se acerca para ver como estoy y me trae en otra bolsa un cruasán más, un zumo y cosas de la providencia, filtros para los cigarrillos, que solo me queda uno y se me olvido comprar.

Yo no comía queso y sigo creyendo que no me gusta, pero ya lo he comido en la pizza de Napoli, en una especie de empanada que me ofrecieron en Albania y en los sandwiches del domingo y el lunes. Las preferencias y los gustos son algo que se dejan de lado ante la generosidad de una mano que te ofrece alimento. Si encima estas hambriento, cosa frecuente en mi, lo engulles casi sin paladear y llenas la tripa sin pensar en lo que comes.
Sábado 14.03.15 Edessa. Lo de los bares en Grecia me va a resultar complicado. Por un lado no se si aquí se estila eso de los bares de carretera, me temo que no, ayer no los vi y hoy he rodado unos 40 km o algo más sin ver ninguno. Los he de buscar en las poblaciones y con todo no hay demasiados. Hablo de la zona del país que estoy conociendo, del resto no tengo ni idea.

Mi otro problema con ellos es lo que me sucede en el interior. Recién levantado me acerco a la gasolinera a agradecer la hospitalidad, estará el socio de quien me la ofreció y estando la misma algo separada del pueblo, y en dirección contraria a donde me dirijo más una hora muy temprana, le interrogo al mismo por un bar donde tomar café. Directamente me prepara uno y me lo ofrece, eso si, a uno de los gustos que se estilan aquí que son turco o frappé. Será de estos últimos, bien frío.

Sus efectos “medicinales” me ponen las pilas para comenzar a rodar, pero noto falta de algo caliente. Y quiero calentar así mismo mis heladas manos.

Cuando llego a un desvío tengo la carretera que me lleva a Thessloniki por Edessa a mi izquierda y la que yo creía algo más larga, que no lo es, pero con menos montañas a mi derecha. Ayer el dueño de la gasolinera me recomendó la de Edessa, pero... el desvió de la derecha me parece más interesante y próximo a una población, Filotas, y quiero algo caliente. Por otro lado no hay que olvidar que salgo de Altea en dirección a Estambul tomando un “atajo” por Gibraltar, Lisboa y Finisterre. Tiempo tengo de sobra.

En Filotas encuentro mi bar, Petit Café, pido un turco con leche, grande, y me sirven una jarra de un tercio de litro, fantástico. Sábado por la mañana y el lugar muy animado, la camarera de rubio platino, rostro muy pálido, con ondas y labios color fresa intenso, su estilo muy en linea burlesque.

Con una mesa cercana discuto el mejor camino y termina participando todo el bar en que ruta es la que me conviene, por la belleza de sus paisaje, por la dificultad de sus montañas o simplemente por que pasa por el pueblo de uno de ellos. Les dejo decidir y me indican, finalmente, que regrese al desvío y ruede en dirección a Edessa. Me dejo aconsejar. A todo esto apareció la dueña del bar, más madura que la empleada y decididamente gótica. Al ir a pagar me cuenta me suelta en español: “en mi bar, los hombres como tu, no pagan”, me deja de una pieza. Vivió cuatro años en Barcelona y cuando traduce para el resto del local, este, estalla en sonoras carcajadas y aplausos. Yo no se donde meterme, bueno si, me retiro al aseo. Logro salir de allí sin tomar alcohol. Con esfuerzo pero lo logro.

Casi al entrar en Edessa, una pequeña población me parece buen sitio para hacer noche, mejor que en algo más grande y prefiero recorrer Edessa mañana, con tiempo y haciendo tiempo, que en un rato y de pasada hoy.

Unos jóvenes hacen reparaciones y adecentan un local municipal, resulta ser la sede de un grupo folclórico de baile, a uno de ellos interrogo por un lugar para montar la tienda. Se miran, se consultan y me envían justo enfrente, a un jardín junto a la oficina de correos. Me insisten en que no hay problemas en acampar allí, y allí acampo. Ciertamente sin problemas.

Desde una casa próxima, una señora me indica que apague el hornillo, alarmado y temiendo molestar lo apago y me acerco tal y como ella me indica. Finalmente la entiendo, me está diciendo que ella me trae de cenar. Alucinante. Si ya por Italia no salia de mi asombro de sus gentes, esto de Grecia no deja de sorprenderme por días.

Leo con el sol que definitivamente termina por lucir en el cielo durante un rato, que toda la mañana he tenido presencia de nubes. Los jóvenes han rechazado mi ofrecimiento a prestarles algo de ayuda, realmente son muchos y no todos andan ocupados, clavando tablones, barriendo hojas secas en el patio o descargando unos royos de maya metálica. Ne nuevo aparece la botella de ouzo y una invitación. Esta vez es por la tarde y si la acepto.

A pesar de mi negativa, mi “vecina” me trae unos sandwiches calientes, un trozo de bizcocho y huevos duros. El resto de la tarde lo paso practicando mi ingles y el de tres niños del pueblo.
Viernes 13.03.15 Vevi. Duermo hasta tarde, cansado del esfuerzo físico de ayer y desayuno antes de salir del hostel. La frontera está cerca y la alcanzo en un momento, los tramites sencillo no se demoran ante la ausencia de colas.

Antes de dejar atrás Macedonia me quiero deshacer del casi un euro que llevo en no menos de cinco billetes y algunas monedas, mucha cosa para tan poco valor. Veo a una anciana, viste todos los colores del mundo juntos, hace que un catálogo de Pantoné parezca monocromo y vende semillas de girasol y calabaza, tostadas. Ante mi insistencia en no aceptar su mercancía me hace esperar, entra en una tienda y sale con un refresco de naranja enlatado que me da, con una sonrisa, desdentada.

Ya en Grecia llego primero a Florina y al ver un Lidl compro mermelada y mantequilla de cacahuetes, atrás quedaron los días de ir comiendo en bares y necesito algún alimento. Poco antes compré pan. El día que comencé sin excesivo frío se va tornando en nublado y desapacible y este no tarda en llegar. Hay nieve en los campos y cuneta, reciente, igual de ayer, y las montañas cercanas están cubiertas de ella.

Ruedo sin prisa, perezosamente, a sabiendas de la distancia que me separa de Thessaloniki y del tiempo que dispongo para llegar allí. Ruedo por que hace frío y es más sencillo mantener el cuerpo templado si no me detengo. Ya cambié la hora.

Al llegar a Vevi veo unos silos de mampostería de bonita factura. Uno de ellos abandonado y ambos junto a una gasolinera. Hablo con el propietario para preguntar si podría dormir en el que está sin uso. Resulta que son del gasolinero y me invita a usar una caseta en la que alguna noche se junta con amigos para jugar a las cartas. La caseta esta realmente cerca de la gasolinera, a sus espaldas.


Tengo techo, paredes, puerta, un escritorio que uso para mi cena y tiene un sofá, un banco acolchado, largo y cómodo que me dice que use para dormir. Tras la caseta hay un lavabo. Por las ventanas veo el paisaje montañoso y nevado del norte de Grecia y como el viento arrecia, desde la comodidad de mi abrigo, a resguardo de todo ello. Eso si, la temperatura interior es realmente baja. La noche sera muy fría.

jueves, 5 de marzo de 2015

Viernes 27.02.15 Sarandë. Llovia anoche cuando llegué al cenador bajo el que dormí y llueve al despertar. Maldigo el haber nacido en un sitio seco y que la lluvia, por mi falta de costumbre, siga suponiendome un obstáculo tanto físico como emocional. Me armo de valor, no tengo otra opción, y regreso a Sagiada a tomar café, me lo sirven griego, que viene a ser como el turco, me dicen, tipo puchero y con mucho poso.

Durante unas horas se detendrá la lluvia y como puedo, el dolor de la pierna es intenso, voy hacia la frontera con Albania. Un sitio desolado y azotado por fuerte viento donde estampan el primer sello a mi pasaporte romano. Aquí preguntar es una aventura, ni una palabra de albanés ni este se asemeja a ningún sonido humano que escuchara antes. Tomo mis precauciones y en vez de pronunciar el nombre de las poblaciones a las que deseo ir, o pasar por ellas, las muestro escritas, en un intento de reducir en lo posible confusiones. Espero que quienes me respondan usen el brazo correspondiente a la dirección adecuada y no se confundan. Me perderé.

Unos policías me indican un sentido y pocos kilómetros más adelante veré una señal que me manda en el otro. Prefiero hacer caso a la señal y eso me llevará por peor camino y hacer más kilómetros para llegar al mismo sitio.

En mis primeros cuarenta kilómetros por Albania solo me cruzo con mercedes, del años y la procedencia que tu quieras, pero hasta que no llego a Sarandë no veré otras marcas de coche.

En Sarandë logro un plano de Albania y en una sucursal bancaria cambié euros por leke. Esta localidad es medianamente grande, antes solo pasé por pequeños pueblos. Salgo para buscar abrigo fuera de la población, bajo la lluvia, que asco.

Dos apuntes. Esto es montañoso, mucho, no he visto aún superficies llanas y mi pierna me castiga. Y dos, las montañas que tengo a mi derecha, están todas nevadas, muy próximas al mar pero con cotas altas, a pesar de ello la temperatura no es muy baja.
Jueves 26.02.15 Iogumenitsa – Asprokkisi - Sagiada. Tan pronto como los pasajeros suben al ferry, se reparten los asientos de tres en tres o de cuatro en cuatro para poder dormir acostados sobre ellos. Logré los míos, con suerte, relativa, pues tres tipos se dedicarán a vocear hasta muy tarde y desde muy temprano impidiendo el sueño al resto del pasaje que compartimos espacio con ellos. Imposible lograr otro lugar cuando me doy cuenta de ello. Todos los demás están ya ocupados.

Si bien apenas si me dejan dormir dos horas, al menos estoy acostado y descanso. Mi llegada a Grecia puede ser peor, siempre todo puede empeorar, pero buena no termina de serlo. Llego a un puerto a las 4:30 de la mañana, sin luz para rodar a la cercana población a la que a estas horas, todo sea dicho, y con todo cerrado, no me merece la pena llegar. Las primeras luces que veo al alba no son las del sol, si no relámpagos sobre el mar que no tardarán en convertirse en tormenta, cosa de por si fea pero que destemplado y con sueño se me hace incómoda en extremo.

Los primeros nativos con los que hablo resultan ser un par de perros, que aunque amigables, poca conversación me darán. Ya con luz, que el sol no lo veré hoy, me dirijo al pueblo a tomar un café con leche descomunal en cafetería con wifi y pongo al día, o casi, el blog. Un correo me llena de esperanza, si bien la prudencia me hace contener la emoción. Me dará tiempo a responderlo y mandar por mi parte un par más.

Tras mi primera visita a un supermercado me enfrento con el mismo abismo que he padecido en cada país por el que pasé, a sabiendas que tardaré unos días en ir pillando el punto a mis compras. Aquí he de añadir que ante mi imposibilidad de leer etiquetas, debo confiar más en la sinestesia para saber realmente lo que compro. Sus textos se me antojan una mezcla de formulas matemáticas o electrónicas complejas y el comenzar a aprender que sonido corresponde a cada signo no me daría más luz sobre el enigma de saber que pone.

No hable italiano cuando pude y resulta que ahora es lo que me sale al intentar hablar en la cafetería o en la tienda, o más tarde ya en camino cuando me cruzo con tres cicloturistas, ellas dos alemana y suiza, el austriaco y es con la alemana con la que me entiendo en italiano, que lo habla.

Aquí me pasan unas notas de como pedir permiso para acampar, en albanes

Una abrazadera le produce roces a la alforja


Me pasan información de Albania, la más elemental, que agradezco sobremanera. Tras despedirnos, ellos van dirección a Athenas, llego a Asprokkisi y la lío.

La lluvia arrecia y o tomo un café o no me tengo en pie. Lo que no tenia previsto es la cantidad de rondas de ouzo que termino tomando, invitado la primera vez por Spyros, a continuación por el dueño del bar y después, hasta perder la cuenta, por parroquianos. Cuando me doy cuenta he pasado la mañana bebiendo, fuera llueve y malditas las ganas que tengo de hacer los kilómetros que me separan de la siguiente población o los 20 a los que creo que estoy de la primera de Albania, aunque pudiera hacerlos, cosa que dudo.

Uno de los que me invitó, me dice donde puedo montar la tienda, pero por mucho sueño que tenga, sin dormir que pasé la noche y con la ayuda etílica, no son horas de plantar mi tienda y lo mismo la lluvia da un respiro y no me mojo en el proceso.

Spyros me dice de volver esta noche al bar, a las 10, miedo me da lo que se puedan beber a estas horas tras la muestra de esta mañana. Por otro lado me muero de ganas de dormir y hoy anochecerá una hora más tarde por el cambio a la hora local. Me va enseñando las primeras palabras en griego, mientras nos entendemos en una mezcla de ingles, italiano y aguardiente.

Otro factor que sumo a mi desgana de pedalear hoy, es que ayer, en la terminal de Brindisi, fumé más de lo acostumbrado y anoche maté el tiempo de vela con más cigarrillos y ahora, bajo un cartel de prohibido fumar, sigo con uno en la mano en una mesa donde todos fuman. De nuevo en territorio de frontera veo como las leyes se difuminan y se crean espacios con normas aparte, tomadas de aquí u de allí, como las gentes que los habitan, con un pie a cada lado del lugar. Ayer, en la terminal de Brindisi, y tras años de no respirar tabaco en espacios cerrados, pase horas entre no menos de cuarenta camioneros búlgaros que encendían un cigarrillo con la colilla del otro.

La tarde se me hace extraña. Paso las horas en el bar. Veo a ratos una teletienda griega y oigo voces, que en ocasiones se me dirigen a mi, sin lograr desentrañar el significado de las mismas. Quiero hacer una llamada en un pueblo, cosas de los móviles, donde ya no existe teléfono público. Me veo haciéndola desde Albania mañana por la tarde. Si eso es posible.

La lluvia se detendrá por un rato, suficiente para que tome ánimos y busque la siguiente población, Sagiada. Conforme pongo el pie en el pueblo pregunto a dos paisanos por un lugar donde hacer noche, casualmente estamos frente a la tienda, material agrícola, del alcalde y uno de ellos le pregunta. Este, me remite al puerto distante un kilómetro y donde frente a la playa hay dos cenadores techados. Me dice que si es por una noche puedo usarlo para dormir.

Casi olvido que no compré mis gotas para los ojos en Italia y aquí me apresuro a hacerlo una vez resuelto el tema del techo. Voy caminando y al bajar unos escalones me doy un batacazo monumental, cosas de usar pavimento de interior en exteriores sumado a la lluvia y el poco barro que pueda tener en mis botas. En el suelo, y condolido, paso revista y compruebo, que pese al intenso dolor, ni me he roto nada ni he roto anda. Unas leves heridas en el brazo, una costilla magullada y , eso si, mi muslo derecho con intenso dolor.