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jueves, 4 de junio de 2015

Sábado 30.05.15 Croacia, Liberland – terra nullius, Serbia y Hungría. La mañana me cunde y voy cruzando territorios. La Ruta 6 pasa por Serbia de nuevo a lo largo de 18 km para adentrarse en Hungría.

Pinche una rueda a primera hora, o fue un reventón, no lo se. No hay señales ni en el suelo ni en la cubierta de que fue lo que produjo el pinchazo, simplemente  un plof y la rueda se vino abajo en un instante. En la primera estación de servicio termino de ajustar la presión y repongo dos cámaras. Con la cantidad de ciclistas que circulan y la ausencia de tiendas, la gasolinera hace su negocio vendiendo cámaras y tengo la suerte de que así sea.

Liberland es el resultado de esas zonas no reclamadas por nadie y el oportunismo de un político checo que tiene muy claro el negocio que supone un paraíso fiscal. Lo declaró estado en abril y como no lo atraviesa ninguna carretera creo que soy de los primeros turistas que ha tenido este país que aún no lo ha reconocido ni el IKEA. Lo tiene claro el amigo.

Al entrar en Hungría, la Ruta 6 se transforma de nuevo, no es una carretera paralela al río a más o menos distancia de este, aquí, por el momento, es otra cosa distinta. Es una pista asfaltada o no que va junto, pegada, al río. Es zona de manglares, un muro, con sus dos taludes, de tierra rematado por un camino separa el río de los pueblos y cultivos. En caso de crecida el río lo inundaría todo ya que las tierras son bajas. Por ese camino no está permitido la circulación de vehículos a motor, cosa que se cumple normalmente. Un lujo para rodar en esas condiciones, por la vista que es elevada y sobre el río y además sin riesgo de ser atropellado. Los taludes están siendo segados de la hierba y presenta un hermoso aspecto, cuidado, limpio, añade un toque de intervención humana a lo salvaje de la vista de los manglares.

Otra cosa que sucede es que circulando de este modo los kilómetros a recorrer van a ser muchos, muy por encima de los calculados. El camino serpentea con cada recodo del río, el sol lo tengo a cada momento en una parte distinta del cielo sobre mi, cambiando constantemente de sentido y orientación. No tengo planes hasta el sábado y tiempo de sobra por lo que acojo con entusiasmo esta nueva situación. Tenia Baja a 30 kilómetros por la carretera y tras estar rodando alguna hora por este nuevo camino resulta que me detengo y sigue estando a 18. Los iremos haciendo sin problemas.

Paso por una zona donde el río es más angosto, la población del otro lado se ve cerca, es húngara, el río dejo por el momento de ser frontera y solo transcurre por Hungría. Detenido en un muelle veo como una motora alcanza la otra orilla en pocos segundos. Un tejado hace de parada a la gente que usa el ferry y será mi dormitorio. Haciendo tiempo saludo a ciclistas que descienden por la Ruta.

Terminado de cenar y fumando en un banco me veo sorprendido por una excursión de unos diez fotógrafos de Baja que se dirigen al muelle, las vistas son hermosas y la luz a estas horas espectacular. Me usan como modelo durante un buen rato, el sol a mi espalda hace que me pidan que me mueva a derecha o izquierda según el efecto que cada uno de ellos espera. Dos de ellos me prometen enviar alguna foto a mi correo.

No tengo moneda local, florínes húngaros y mañana es domingo. Estoy harto de tanta moneda, hasta ocho tipos distintos llevo usando estos meses y cada vez me toca aprender a calcular con ellas el precio de las cosas con respecto al euro. Me informan los fotógrafos que mañana tendré dificultad para cambiar moneda en Baja. Pienso buscar algún lugar donde pueda pagar un café en euros y esperar que me den el cambio con florínes y ya el lunes buscaré algún banco.


Todas las noches pasadas junto al río más los días que he rodado cerca de el he podido ver el trasiego de barcazas que suelen bajar cargados para subir de vacío. Hoy veo finalmente los primeros cruceros de pasajeros, más ruidosos y veloces, alegres, bonitos, desaparecen pronto de mi vista tras una curva tragados por la espesura de las riveras al ocaso. Una chaqueta para la húmeda noche tras un sofocante y provechoso día.
Viernes 29.05.15 Desde la mañana dejo de ver el río y rodaré en paralelo pero alejado de el, ¡con lo bonito que es!

Al contrario de los países que dejé atrás recientemente por aquí no voy encontrando lugar para cambiar moneda con facilidad y no es hasta llegar a Vokuvar cuando final y felizmente me puedo hacer con algo de dinero, me moría por un café.

A parte de la torre de agua, esa de los bombardeos, puedo ver a las afueras alguna, poca, vivienda que presenta en su fachada señales del conflicto y que no ha sido reparada y un blindado que a modo de monumento exhiben por aquí.


Me gusta Osijek, todo muy verde, muy amplio y al final veo un río, lo cruzo, que no es el Danubio pero hacia el va. Me voy dirigiendo a la frontera que cruzaré mañana. El Danubio se va desdibujando por la zona, en amplias marismas que con las crecidas anuales, en ocasiones, se acercan o alejan a Croacia o Serbia Teniendo ambas sus límites territoriales en las riveras esto da como resultado islas o pantanos que no termina de quedar claro de quien son y en ocasiones ambos o ninguno se disputan. Pero estos territorios si tienen unos legítimos propietarios que los habitan. Serpientes, ranas y todos los mosquitos que imaginarte puedas. Unos sirven de alimento a los otros y yo a los últimos de ellos. Monto la tienda apresuradamente para refugiarme tras la mosquitera y pasaré la noche con el sonido del zumbido más intenso que recuerdo y el croar de miles de ranas.
Jueves 28.05.15 Mañana visitaré Vukovar. Tienen allí una torre de agua donde son visibles los daños que sufrió cuando la ciudad fue bombardeada. El resto se reparó. Viendo a la mujer de mi anfitrión no puedo estar conforme con eso. Tenia 23 años cuando termino el conflicto, musulmana, en una tierra católica y con un enemigo ortodoxo se llevó la peor parte.

Todos los suyos murieron, todo lo que tenia lo perdióPerdió el movimiento de su brazo derecho y la capacidad de construir frases. Tan solo repite la última palabra que su compañero o yo pronunciamos en nuestra conversación, como indicando con ello su presencia y que su desconexión de lo que sucede no es total. Como una niña mira mi tienda, se ilusiona con mi cocina, toca mi catre y lo mullido de mi saco, sin dejar su mirada de asombro por todo cuando ve. Todas mis cosas son juguetes para ella. Su compañero la acogió tras la guerra. Me lleva a una pradera, frente a la casa de su hermano, entre ella y el río. Viendo pasar las barcazas le va diciendo de que país son. Me cuenta que a ella le gusta ver los cruceros fluviales y ya bien de mañana se baja al río para distraerse a su paso.

De niño llegue a pensar que las guerras las ganaba uno de los dos bandos. Luego supe que es imposible que exista un vencedor de una contienda. El de turno reúne a huérfanos, viudas, desplazados, gente que perdió a seres queridos y pertenencias, almas mutiladas. Les anuncia que han ganado. Es la victoria.

Su hermano, cuida el huerto, me da cebollas tiernas y se disculpa que los tomates aún no están para comer mientras me recita las plantillas de la selección española de baloncesto, las de ahora y las de las finales europeas que disputó contra la potente Yugoslavia de hace muchos años, Corbaran, San Epifanio, Fernando Martín. Me dice que el Real Madrid ganó este año la copa de Europa. Si no puede ganar su país, me dice, le gusta que gane España.


El sol se pone sobre el río, dentro de la tienda, sobre mi catre, recibo, agradecido, esos últimos rayos de luz y calor.