Jueves
04.12.14 Liguria. Dejo atrás San Remo y a Simona. Los primeros
kilómetros son irreales. Dejo atrás la luz eléctrica de nuevo, el
sofá bajo mi trasero, una cocina, un aseo con ducha, dormir en cama,
por encima de todo dejo atrás el calor de la mejor hospitalidad con
que se pueda soñar jamás.
Ayer
celebramos el día de mi santo. Una amiga con sus hijos, su madre y
nosotros dos, una mesa con aperitivos. Me sentí perdido horas antes
ante los lineales del supermercado cuando bajé a comprar cosas para
la cena con marcas y productos que desconozco y enfrentándome de
nuevo a otra cultura gastronómica y su oferta de mercado, sus
precios.
La
noche anterior Simona se empeño en llevarme a cenar fuera, pescado,
delicioso. Nos dormimos tarde no encontrando el momento de dejar la
charla, animada y cálida. Se empeño igualmente en cederme su
dormitorio insistiendo en que ella siempre duerme en el sofá, igual
es cierto.
Salí
tarde a rodar y pare pronto a comprar el pan, como acostumbro,
añorando ya desde hoy los panes que podía comprar en Francia. Pocos
kilómetros que recorro perezosamente, retrasandome por una vía ciclable, tras ellos, un poco más hasta llegar a Imperia donde tengo
decidido hacer noche. Aquí, al igual que en España, el lunes es
festivo y carece de sentido llegar a Génova antes del lunes, con la
idea de emplear el martes visitando el consulado para lograr un nuevo
pasaporte. En Génova, con suerte, podría encontrar acomodo para mi
o al menos para la bici y los bultos en un convento de capuchinos
según las notas de que dispongo, la información que me facilita
Simona y mis propias impresiones tras visitar su convento de San Remo
y conversar con uno de sus frailes.
En
el camino me detengo en tres supermercados comprando muy poco en cada
uno de ellos pero componiéndome la situación de como me podre
proveer durante este mes en que pienso pasar recorriendo estas
tierras.
Ni
punto de comparación la relajación que siento al moverme por aquí
en comparación con el mes último, entre esta gente me siento como
en casa, comprendiendo la mayor parte de lo que dicen, no solo a mi,
incluso cuando hablan entre ellos o cuando estos últimos días veia
los informativos en casa de Simona. Llegué a atreverme con un libro
pero lo avanzado de la hora en que me retiré a dormir ambos días me
obligó a dejarlo de lado a los pocos minutos vencido por el sueño,
acostumbrado como estoy a dormir muy pronto.
Al
llegar a Imperia paso la tarde viendo una regata y tras la misma el
trasiego de aparejos y embarcaciones en la dársena. Son según se
anuncia, cuatro días de competición pero soy incapaz de enterarme
el tipo de categoría a la que pertenecen estas si bien las
tripulaciones, de hasta más de veinte países, están formadas de
muchachos/as muy jóvenes. Termino en la oficina de la regata
entregando una chaqueta de navegación que alguno de ellos ha
extraviado camino a su coche. Cargados como van de bártulos es fácil
que suceda, ellos encontrarán a que equipo pertenece y se la hacen
llegar, me aseguran.
El
tiempo es templado, nubes y apenas cuatro gotas a la hora en que paré
a comer y que hoy fue mucho más tarde de lo acostumbrado tras un
desayuno igualmente tardío.
No
son aún las 18:00 si bien es noche cerrada y siento mientras escribo
el peso de la soledad consecuencia de la compañía encontrada y
dejada atrás. Solo espero la hora de poder dormir y procurar
comenzar mañana el día con buen pie.
Ni
que decir tiene que voy con todas las prendas lavadas y secas, al
igual que cosí un par de cosas con falta de repaso, el cabello y la
barba cortados por gentileza de mi anfitriona y la panza llena tras
un par de días donde he comido como un animal y tomado algo de vino.
Gracias Simona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario