Miércoles
10.09.14 Jornadas lusitanas XVI. Esta mañana al despertar y ver el
día no hubiera dado un céntimo por el. Incluso y he de reconocerlo
he estado tentado de quedarme en la “cama”, discreto como era el
sitio y a resguardo. Llovió ligeramente de madrugada y comenzó de nuevo esta vez con mayor intensidad al levantare, con un cielo
plomizo y amenazante que prometía un feo día por delante.
Con
sensación otoñal en el cuerpo que ya el verano no lo veo desde hace
días partí en dirección a Alcobaça subiendo una cuesta inmensa e
intensa, eterna, entre bosques y nubes con alguna explotación
maderera en el recorrido. Rodando entre brumas y sin haber visto el
sol, con el temor de la lluvia fue una subida ingrata, más cuanto
por mucho que miro no veo nada que me pueda servir como refugio ni
ocasional.
Ya prácticamente terminada la cuesta veo a lo lejos las cosas que
sirven para identificar que en un sitio hay café y eso me anima y
mucho. Entre esos bosques me tropiezo con Cacau Arte, una boutique de
chocolates que Cristina lleva con mucho oficio y esmero. Con el café
me sirve una especie de teja elaborada con deliciosas semillas. Hace
que cualquiera se sienta a gusto en su local y la conversación surge,
sin prisas que viajo y cómodo que estoy paso media mañana en su oasis
para golosos, cambiamos correos, nos hacemos fotos y me obsequia ¡y
mira que paso vergüenza y apuro cuando alguien lo hace! una bolsa
con cosas cosas que ella elabora, bombones típicos de Brasil, de
donde procede Cristina, unas magdalenas de chocolate que son puro
pecado y una tejas de esas con semillas, riquísimas.
La
vida tiene premios, regalos, cosas y personas que endulzan tu paladar
y tus ánimos poniendo en sus gestos, palabras, miradas, el calor de
su presencia, más dulzor, más afecto si se puede, que el que pone
en las delicias que sirve. Muchas gracias Cristina por endulzarme una
fea mañana de nubes y cuestas sin fin.
Tiene
Alcobaça razones sobradas para ser visitada por si misma, pero se le
tiene que añadir el turismo mariano colateral. Su proximidad a
Fátima hace que se beneficie de las rutas periféricas que programan
los viajes organizados a el santuario, por eso no sorprenden los
autocares en su plaza, de Polonia, de Italia, España... La recorro
sin prisas, ocioso y a pie, relajando mis cargadas piernas por el
esfuerzo de la mañana para continuar desde allí dirección a
Batalha.
Poco
antes de llegar me encuentro una tienda de bicicletas grande, a las
afueras y pienso que allí si han de tener surtido de mandos donde
elegir, ante el problema visto de los mandos con o sin manetas de
freno y para diversas cantidades de piñones mas las distintas
calidades y modelos de los mismos lo que repercute en sus precios. Y
lo encuentro. Me dejo un pellizco de mis magros dineros pero salgo
con siete piñones sincronizados que saltan con una precisión que
casi me hacen llorar de alegría.
Por
la hora del día, o visito Batalha o procuro llegar a Fátima y
pienso erróneamente que regresaré por ese mismo camino con lo que la
podre recorrer a la vuelta. El camino a Fátima es otra eterna subida
en la que al menos cuento con que los piñones se comportan de una
manera disciplinada haciendo lo que les pido, pero además contando
con uno adicional que lo noto en ocasiones pudiendo atacar pendientes
con más alternativas de las que tenia esta mañana.
Llego
tarde, he de parar en unas marquesinas de autobuses para refugiarme
de la lluvia en dos ocasiones y siempre podre contar con otra para
pasar la noche si las cosas se ponen feas y no logro encontrar
refugio una vez allí. En la explanada, en una de las capillas se
esta celebrando una misa en castellano, descanso escuchando y empapándome del espíritu del lugar, observando mis sensaciones. Es
sabido que muchos emplazamientos marianos ocupan antiguos
asentamientos druidas, con sus pozos, o lugares de antiguos ritos
paganos y esos lugares disponen de su propia fuerza telúrica
independiente del culto que lo ocupe. No he sido nunca capaz de
percibirlos, insensible que debo ser para esas cosas o tal vez con
mis sentidos mas primarios embotados. Pero me atraen esos lugares
marianos por muchas razones y me traen recuerdos de viejas lecturas
de Fulcanelli y demás.
La
noche cae fría en estas alturas con la humedad de las lluvias y el
ligero viento que sopla. Todo templo tiene sus mercaderes y aquí en
uno de sus lados ocupan unos soportales que me ofrecen refugio, de
modo que pregunto a uno de esos mercaderes si el ve algún problema
en que pernocte allí. Este me dice que hable con los empleados de la
basílica ya que esta dispone de una “casa de abrigo”, un refugio
para peregrinos que llegan a pie o en bici. Localizo con no poco
esfuerzo por lo tarde ya de la hora a uno de estos empleados y me
manda con sus indicaciones a Acolhimento S. Bento Labre, donde me
acomodan.
Cenar
en una mesa, sentado en silla, con un plato bajo mis alimentos.
Beber
agua en un vaso.
Ducharme
y ponerme ropa limpia.
Ver
que voy a dormir en una cama, con sábanas y manta, con almohada.
Allí
conozco a mis compañeros de habitación, dos polacos, Marti es
joven, Viktor es un un venerable peregrino que ha venido desde su
Polonia natal haciendo el viaje en bici con sus nada despreciables 67
años. Pasando por Lourdes y Santiago. Desde aquí regresará en autobús.
Me
los presenta Lúcia, que es la empleada que está ahora al frente de
este albergue. Desde la ventana a mi derecha veo una cúpula en
gótico acebollado azul celeste de un templo cercano y desde la que
tengo frente a mi, la torre de la basílica de Fátima.
Conversamos
con el auxilio de Marti, que habla italiano que medio entiendo y el
medio me entiende a mi con mi español, el nos traduce a Viktor.
Y
así termino un día por el que no daba un céntimo cuando empezó.
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| Cristina dice que estoy más delgado que cuando salí y me da dulces. |

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