Martes
09.09.14 Jornadas lusitanas XVI. Día agotador. Miro el plano y no
he visto que me desplazara apenas, y en cambio siento haber recorrido
mucho más, si bien es cierto que un rodeo por aquí, el ir y volver
hasta Peniche, la vuelta que he dado a esa casi isla, las cuestas que
hoy han sido algunas y todo cuenta...
El
Cabo Carvoeiro no tiene túmulo para hacerse fotos, ni tienda en la
que te puedan vender un diploma certificando que estuviste allí como
sucede en Cabo San Vicente o en Cabo Roca, por eso no esta lleno de
coches ni autocares, ellos se lo pierden y yo egoistamente lo gano,
por que su belleza supera con mucho los otros dos y esta es aún más
placentera sin el tumulto de la gente. Pero tiene la desgracia del
segundón, los otros dos son los primeros en algo y este se queda en
el casi, de modo que los coleccionistas de lugares lo pasan por alto.
Esta
noche ha debido de caer algo de agua, poca pero algo, por como estaba
empapado el mundo al despertarme, ahora el tener un techo para guarecerme cada noche ya no es una opción y me complica y mucho
cada “alojamiento”, de hecho escribo esto bajo el que me servirá como protección si llueve y no cae del sur, que es raro por aquí.
Agua no he tenido en todo el día pero si he pasado por lugares con
el asfalto aún húmedo.
Salí
temprano en dirección Silveira para desayunar en una gasolinera en
cuyo bar si esta permitido fumar, lo indica, hay ceniceros y la gente
lo hace, yo fumo de nuevo. Un croasán que sale del horno, humeante,
acompaña mi medio de leche con café. La carretera me hace dar un
rodeo por Praia de Santa Cruz, A-dos-Cunhados que está en fiestas y
por ahí para Lourinha ya por la carretera nacional para ir hasta
Peniche, ciudad conservera.
Es,
como decía, casi una isla y además su casco antiguo y la península
que termina en el faro están intramuros, ¡como me gustan las
ciudades amuralladas! Antes de recorrerla voy hacia el faro, en el
cabo, viendo los acantilados más hermosos que he visto nunca. Es difícil poner adjetivos a las cosas, fuera de bonito, hermoso, bello,
estos se terminan si no quieres caer en las cursiladas o en
rebuscadas expresiones de comparación y lo cierto es que me he de repetir si pretendo registrar las cosas que estoy viendo. Y gracias a
que lo hago que me sirven de recordatorio ya que son tantas las
poblaciones, los lugares, rincones, personas, etc, que voy conociendo
que sin este diario las tendría todas mezcladas y confundidas, que no
las sensaciones que me van dejando pero si la ubicación y cronología de las mismas.
Estos
acantilados son unas formaciones rocosas increíbles que la erosión a
torturado logrando lo que solo la naturaleza, aunando montones de
siglos de lento trabajo o el cataclismo de sus episodios más
violentos, es capaz de hacer. Tomo mi comida en medio de ese paraje,
con las islas de enfrente y sus faros que también los tienen, con
apenas algún coche ocasional y tan solo la presencia de un par de
pescadores a lo lejos. Paz.
En
el regreso repito parte del recorrido que seguí al llegar, más
adelante tomo el desvío que me deja en Obidor, otra bonita población
con su muralla. Lo que en un tiempo fueron elementos de defensa ahora
lo son artísticos, por desgracia vivimos una época en la que el
legado de un Sistema de Defensa Estratégica dudo que se pueda
convertir con el paso de los siglos en algo artístico y elemento de
disfrute de generaciones venideras. Pero es en el camino de Obidos a
Caldas da Rainha donde veo una curiosa iglesia. Desde fuera su nave
es circular o lo parece, siendo realmente un hexágono, por delante
las tres caras están ocupadas por dos torres y la puerta principal en
el centro mientras que por detrás solo esta el altar mayor en la cara
central. Aparte de esto que ya me resulta llamativo encuentro otro
elemento aún mas extraño y es que a diferencia de las demás
iglesias que recuerdo, en esta, las torres son más bajas que la
nave. Al verla con forme me acercaba pensé que era un palacio de
singular arquitectura en vez de un edificio religioso. Ya dentro el
hexágono se hace mas evidente así como el avanzado estado de
deterioro que muestra y las necesidades de restauración.
En
las cuestas a las que me enfrento, y al ir cerca de las costas suelen
ser muchas, ya que es aquí donde desembocan los valles y no ruedo
por mesetas o llanos, a su dificultad natural y mi nula forma física
le añado el comportamiento errático del mando de las marchas que no
es sincronizado. Esto me hace ir buscando con tiento la archa que
deseo y eso no sucede cuando tu decides, que en ocasiones se retrasan
o cambian dos de golpe, eso en medio de un esfuerzo donde requieres
el alivio que el poner un piñón mas grande te proporciona. El tema
del desviador de los platos lo dejamos para otro día, que también tiene si guasa, se puede subir plato, si, pero no sin romperte un
dedo, bajar ya es otra cosa y eso lo hace mucho menos urgente que el
tema de los piñones. Ya me comento Paco cuando me dio la bici ese
detalle que debía cambiar cuando pudiera y hasta la fecha lo he ido
sobrellevando mal que bien, pero ahora son cada vez más las cuestas
y las hago sobre la bici cosa que en aquellos momentos no siempre
sucedía. El caso es que voy mirando por donde paso y veo tiendas si
tienen en ellas algún mando de cambio de marcha de 7 velocidades y a
que precios. Aquí en Calda lo intento pero no encuentro,
tienen donde entro de 3 y de 9 velocidades.
Llega
de nuevo la hora de buscar acomodo y salgo en dirección a Alcobaça
con esa intención, en las naves de la carretera, un concesionario de
Seat al que le fue mal las ventas está abandonado y en un lateral
tiene los accesos a los talleres apartados de la vista y bajo unos
generosos voladizos. Allí monto mi tenderete de cada día, ceno algo
más tarde que de costumbre y a dormir escuchando los balidos del mis
vecinas en una granja que tengo atrás.
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