Lunes
08.09.14 Jornadas lusitanas XV. Peniche. Poco he avanzado hoy en
cuanto a recorrido y poco he visto. Recorro de nuevo Sintra para
desayunar y por que me apetece verla de nuevo. Al llegar a Ericeria
intento frustrado de acceso a la red y visito el pueblo.
Anoche
sobre las doce pasadas diluvio pero me encontraba tan ricamente a
resguardo en el pabellón de hockey, bajo sus escaleras, que casi he
disfrutado con la lluvia, me desperté de nuevo sobre las cuatro y
pico y ya había dejado de caer agua.
Amaneció con el cielo cubierto y lo poco que he rodado ha sido con el cielo
así, con la vista barriendo siempre el entorno en la búsqueda de
cubiertas, voladizos, marquesinas, cosas de esas, hasta llegar a un
cruce próximo a Silveira donde he visto un lavadero cubierto. Esto
supone varias cosas, lavar ropa, que esta se pueda secar a pesar de
que llueva y un techo si la cosa se complica. Por otro lado y
teniendo en cuenta la hora también supone un montón de tiempo sin otra actividad que ver pasar los coches y motos, las motos, ahora voy
con ellas, mientras la ropa mal escurrida y con un día asi de húmedo
necesitara de varias eternidades para su secado contando con que el
sol hoy aún no me ha saludado ni creo que piense hacerlo.
Las
motos decía. Aquí no se tira una moto, ni un casco tampoco. Marcas
las que quieras, muchas ya inexistentes y modelos del año que
quieras, transformadas, torturadas, tuneadas, híbridos entre
motocicletas y lo que se te ocurra, se les añade un carenado o un
parabrisas de otra máquina sin que prevalezca otro criterio que el
de la funcionalidad. Es un espectáculo verlas rodar y sus pilotos
ataviados con proto – cascos, los orígenes del casco, el abuelo de
todos los cascos, si sirve no se tira y por supuesto se usa. Ole al
sentido común. Es en estas ocasiones cuando se echa en falta una
cámara con la que se podría reunir una bonita colección de
máquinas imposibles. La otra ocasión en la que me hubiera gustado
disponer de ella fue un momento en Faro, en un mismo plano tenia
barco, avión y tren en simpática armonía, el tren parado en la
estación mientras la gente cruzaba la vía para tomar su barco a 20
metros escasos mientras un avión en vuelo ya muy bajo, descendía
para tomar tierra, pero muy muy bajo el avión. Y todo en un mismo
plano, me llamó mucho la atención.
La
costa que he recorrido hoy forma parte del World Surfing Reserve, con
siete playas, las fechas se dejan notar, pero ademas está la falta de
olas, si bien los pocos surfistas que aún quedan por aquí, en vez
de dejarse ver en los pueblos, seguían en el agua haciendo... ni
idea. Se metían con sus tablas para salir de nuevo después, ni una
puñetera ola, pero ellos, insistentes, agotan sus últimos días de
playa.
La
tarde de un aburrimiento total, pasé por una mercería esta mañana
y estuve tentado en comprar aguja e hilo pero el demonio se me cruzo, habría cosido cosas que van necesitando un repaso, una costura del
saco que mantengo con esparadrapo, otra de un guante que amenaza con
romper...
Las
vistas desde el lavadero tampoco son como para extasiarse, las
afueras de una pequeña aldea carente de encanto. Ya desde Sines los
campos se ven verdes de pasto, que hasta allí nada de nada. Ahora
todo reverdece aún más con estos días de lluvia. Sintra es otra
cosa, siempre se la ve verde y umbrosa, me decía el conserje ayer,
que llueve cuando en los alrededores no cae una gota, teniendo un
clima propio, más húmedo y fresco.
A
diferencia de otros lavaderos que conocía, este esta en uso y no me
refiero a que funciona si no a que se usa, no es tan solo un
testimonio cultural etnográfico y a las siete de la tarde aparece
una señora a hacer su colada con lo que rompe la monotonía de la
larga tarde.
Si
hago caso a mi barómetro, el tiempo esta mejorando, por que el
cielo, por mucho que lo mire, no lo se interpretar y menos por estas
tierras.
Pasadas
las nueve vuelvo a cenar. De la casa de enfrente al lavadero me traen
un sándwich de cordero asado, una banana y un yogur líquido. Me
cuesta mucho aceptarlo pero no me veo capaz de rechazar lo que tan
amablemente me ofrecen. La chica que me lo trae es un encanto y me
deja emocionado, Me cuesta encontrar palabras con lo que agradecer
estos gestos, por mucho que miro en los alrededores no encuentro
ningún tipo de flor con las que preparar un sencillo y pequeño
ramillete, igual mañana se ve mejor.
El
cordero esta cortado después de asado y noto la pimienta, ¿el
clavo?, y el laurel, jugoso, el pan es uno típico de Mafra, cortado
en grandes rebanadas de miga prieta y sabrosa, con una corteza tierna
y harinada. Por encima de todo me ha sabido a humanidad.
Echo
de menos la lectura en días como hoy y pienso en que tan pronto
ponga de nuevo los pies en España me he de procurar algo para leer
de nuevo. Ahora me conformo con recordar cosas leídas antes y estando
en estas tierras me vienen a la cabeza “Memorial del convento”, “Historia del cerco de Lisboa” entre otras muchas de Saramago. Se
que tengo una asignatura pendiente con sus libros y esta es
comprender el papel que los perros ocupan en su narrativa, siempre
presentes haciendo de contrapunto entre el resto de protagonistas
humanos. Debería encontrar un erudito y sesudo doctorado sobre el
tema que si no lo hay están desaprovechando un matiz literario de ese
autor que seguro tiene miga. Igual están ahí de un modo casual,
cosa que dudo.
Me
gusta como son sus viejos, como los de Jose Luis Sanpedro, son
personajes vivos que viven su historia sin estar en el fin de las
mismas o ser tan solo un decorado en la de los demás. Sus viejos se
enamoran y/o son amados y en eso viven, que la vida no es otra cosa.
Me
molesta el eufemismo de tercera edad, no dignifica la vejez, al
contrario, creo que la envilece. Los niños son niños y no personas
de primera edad ni los maduros lo son de segunda edad. Los países son
ricos o pobres en según que cosas y no hay un primer o tercer mundo,
hay riqueza y miseria, estados que funcionan y otros fallidos. Llamar
tercer mundo a un país sumido en estos casos es querer jugar con las
palabras e huir de las realidades.
Fué
el 15 de XII de 1957 cuando Rogerio de Figueroa Regó inauguró este
lavadero donde he vivido hoy, se esmero al hacerlo, esta lleno de
detalles, desde su orientación para proteger a sus gentes de las
calurosas tardes de verano, sus celosías, el bonito adoquinado que lo
precede entre cuyas piedras crece la hierba, tiene anejo una casa de
aseo, un retrete, pura cortesía para sus usuarias que tienen allí
una escoba con la que lo mantienen limpio. Entre otras cosas, la mujer
que lavo esta tarde, traía un pantalón de trabajo, del campo, grande
y lleno de tierra, de su hombre, su hijo, su padre. La chica que me
trajo de cenar se ha pasado la tarde lavando coches, lo hace en los
bajos de la casa que habitan y frente a la misma una ya crecida
araucaria donde jugaban esta tarde dos grandes perros que ya duermen.
Ahora me toca a mi.
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