Sábado
12.07.14 Salgo de Mojacar tras desayunar tarde, aquí se cierra tarde
por las noches y se abre más tarde aún por las mañanas, además,
mi falta de previsión es demencial, nunca o casi nunca caigo en
temas tan elementales como que necesito agua o alimentos para la
siguiente jornada si esta la pretendo emprender a buena hora y no me
da como destino algún lugar donde abastecerme a la hora que los
necesite, o simplemente algún imprevisto. Mi falta de prevención
ante estos temas prácticos es preocupante y casi siempre cara.
Al
salir tan tarde, he de detenerme, por el sol, muy cerca, en Agua del
Medio, donde hay una ermita, a la sombra de un algarrobo, lectura,
comida, siesta corta y vuelta al camino todo esto junto a la Casa de
las Mariposas donde unas campanillas alegran con su sonido mi
estancia. Todo subida lo que augura una buena bajada que ha de
aparecer tras alguna curva. Cruzo el camping Sopalmo y continua el
ascenso, más picado si cabe. Por fin llego a un mirador que anuncia
la entrada al parque natural y ofrece una esplendida vista de la
costa, Carbonera al frente, El Algarrobico con su polémica
construcción a mis pies y una hermosa bajada serpenteando el monte que promete ser rápida y fresca. Antes de dejarme caer me fumo medio
cigarrillo, me salen espantosamente mal, no se liar y no creo que
aprenda nunca esa habilidad y por supuesto no reparo en que se me
terminan las boquillas.
Llegada
a Carbonera, doy un paseo bici en mano, breve charla con un jubilado,
en el paseo marítimo, vive aburrido, le gustaría viajar, tener algo
que hacer, pero el solo no se anima, se interesa por mi viaje y el
como llevo la soledad del mismo. El, viudo, la lleva mal. Cena, un
rato de lectura sentado en ese paseo y comienza mi búsqueda de suelo
donde dormir, camino hasta el final del pueblo, puerto deportivo, un
pequeño parque lo separa de otra playa que no me atrae para dormir
pero que veo perfecta para mis planes de mañana, colada. Retrocedo
los metros que me separan de una calle cortada en el puerto
deportivo, con unas plantas que adornan junto al muro, se me hacen
atractivas por la intimidad que me dan y me decido al fin. Aún así
me demoro un rato más en la lectura, interrumpida por otra breve
charla, esta vez con el camarero que me sirve un descafeinado con
leche, el de Castellón, me pregunta y le contesto, cuando afirmo que
en el fondo desconozco a donde voy siempre tengo la sensación que no
me terminan de creer.
Me
retiro cansado, relajado y en paz a descansar.
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