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viernes, 18 de julio de 2014

Sábado 12.07.14 Salgo de Mojacar tras desayunar tarde, aquí se cierra tarde por las noches y se abre más tarde aún por las mañanas, además, mi falta de previsión es demencial, nunca o casi nunca caigo en temas tan elementales como que necesito agua o alimentos para la siguiente jornada si esta la pretendo emprender a buena hora y no me da como destino algún lugar donde abastecerme a la hora que los necesite, o simplemente algún imprevisto. Mi falta de prevención ante estos temas prácticos es preocupante y casi siempre cara.

Al salir tan tarde, he de detenerme, por el sol, muy cerca, en Agua del Medio, donde hay una ermita, a la sombra de un algarrobo, lectura, comida, siesta corta y vuelta al camino todo esto junto a la Casa de las Mariposas donde unas campanillas alegran con su sonido mi estancia. Todo subida lo que augura una buena bajada que ha de aparecer tras alguna curva. Cruzo el camping Sopalmo y continua el ascenso, más picado si cabe. Por fin llego a un mirador que anuncia la entrada al parque natural y ofrece una esplendida vista de la costa, Carbonera al frente, El Algarrobico con su polémica construcción a mis pies y una hermosa bajada serpenteando el monte que promete ser rápida y fresca. Antes de dejarme caer me fumo medio cigarrillo, me salen espantosamente mal, no se liar y no creo que aprenda nunca esa habilidad y por supuesto no reparo en que se me terminan las boquillas.

Llegada a Carbonera, doy un paseo bici en mano, breve charla con un jubilado, en el paseo marítimo, vive aburrido, le gustaría viajar, tener algo que hacer, pero el solo no se anima, se interesa por mi viaje y el como llevo la soledad del mismo. El, viudo, la lleva mal. Cena, un rato de lectura sentado en ese paseo y comienza mi búsqueda de suelo donde dormir, camino hasta el final del pueblo, puerto deportivo, un pequeño parque lo separa de otra playa que no me atrae para dormir pero que veo perfecta para mis planes de mañana, colada. Retrocedo los metros que me separan de una calle cortada en el puerto deportivo, con unas plantas que adornan junto al muro, se me hacen atractivas por la intimidad que me dan y me decido al fin. Aún así me demoro un rato más en la lectura, interrumpida por otra breve charla, esta vez con el camarero que me sirve un descafeinado con leche, el de Castellón, me pregunta y le contesto, cuando afirmo que en el fondo desconozco a donde voy siempre tengo la sensación que no me terminan de creer.


Me retiro cansado, relajado y en paz a descansar.

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