Martes
08.07.14 14:16 San Juan de los Terreros. He recorrido la escasa
distancia que separa Águilas, entrando en Andalucía y me he
detenido en el primer bar que me encuentro, a desayunar, cargar la
batería del ordenador y preguntar por un wifi al que pudiera
acceder, me invitan a hacerlo allí mismo y paso de blogs media
mañana, leyendo de los que leo y escribiendo en el que escribo,
actualizando varios días que tenia escritos en cuaderno pero sin
subir.
Hoy
no pienso caminar mas de lo mínimo imprescindible, ni pedalear, ni
hacer otra maldita cosa que reponer fuerzas y ánimos agotados. He
pasado por las cuatro calles de esta agradable población, asomado a
un par de calas que por tener el acceso mediante escaleras me están
negadas si no decido dejar la bici fuera de mi vista. Localizado en
centro social donde iré esta tarde. Sigo teniendo muy inflamado el
tobillo derecho, espero que el reposo de hoy ayuda a que se calme.
Entiendo
que una gran parte de mi confort pasa por el hecho de montar la
tienda aunque tendría mejor que decir que gran parte de mi escaso
confort pasa por el hecho de NO montarla, si bien esto obedece a una
serie de cuestiones por mi razonadas pero no por ello razonables. Por
un lado nadie pone reparos a quien subrepticiamente se deja caer al
suelo una vez anochecido y discretamente se retira una vez sale el
sol. La tienda es otra cosa, que está taxativamente prohibida en la
mayor parte de los sitios y mal vista en los demás salvo que se
trate de una propiedad privada, cosa que implica encontrarla,
localizar a dueños y pedirles autorización. No soy una pareja de
jóvenes con la inocencia dibujada en sus rostros y un aire
lúdico-vacacional que les envuelve como halo por donde pasen.
Sumemos a ello la energía necesaria para indagar sobre los
propietarios de la hacienda en cuestión más la no menor energía
que se precisa para negociar dicha pernoctación que nada de interés les reporta.
Y
dentro del capítulo energético, la tienda se monta en nada, pero
por las mañanas el proceso de desmontar, recogida de pertrechos,
plegado, etc, no es tan rápido en un cuerpo entumecido, necesitado
de un café, un lavabo, con urgencia y no olvidemos, solo, con lo
sinérgicas que son esas tareas en compañía (me refiero, claro está,
a lo de desmontar, etc, la tienda, lo de ir al lavabo me lo gestiono
solo estupendamente). La tienda viaja conmigo "por si". Por si llueve,
por si no solo le da por llover si no que ademas lo hace mas de un
rato, en mitad de ningún sitio, por la noche.
Esto
no es una excursión donde puedo decidir en la siguiente que cosas
llevé de menos o de más. Si me desprendo de algo, reponerlo
supondrá después un esfuerzo económico que lo puede convertir en
prohibitivo e inalcanzable, la tienda viene a ser como uno de esos
seguros que se contratan con la esperanza de no tener que usarlos o
no al menos de un modo inmediato pero sería insensato no tener, como
un extintor donde es preceptivo tenerlo.
Se
además que con los días, adquiriré nuevos hábitos, sufriré
transformaciones fruto de mi aprendizaje o de mi insensatez y cosas
que ahora pueden carecer de sentido o aparente utilidad deben de
cobrar protagonismo, de modo que la tienda sigue conmigo. Además que
mi actual reticencia a su uso indiscriminado puede variar
completamente bajo circunstancias que en este momento están fuera de
mi previsión.
Pero con la tienda no serian los mosquitos el problema que son ahora, ni me despertaría en mitad de la noche con todo empapado de humedad, saco incluido y el frío metido en los huesos a causa de ello. Tiene que existir una solución intermedia, por lo pronto cualquier simple techado, la copa de un árbol tal vez, ya podría ir actuando de paliativo (lo es el poner un techo efímero a quien carece de el) circunstancial. Esto requiere un aprendizaje. Observar, pensar y cambiar para ir mejorando cada día.
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