Jueves
26.02.15 Iogumenitsa – Asprokkisi - Sagiada. Tan pronto como los
pasajeros suben al ferry, se reparten los asientos de tres en tres o
de cuatro en cuatro para poder dormir acostados sobre ellos. Logré
los míos, con suerte, relativa, pues tres tipos se dedicarán a
vocear hasta muy tarde y desde muy temprano impidiendo el sueño al
resto del pasaje que compartimos espacio con ellos. Imposible lograr
otro lugar cuando me doy cuenta de ello. Todos los demás están ya
ocupados.
Si
bien apenas si me dejan dormir dos horas, al menos estoy acostado y
descanso. Mi llegada a Grecia puede ser peor, siempre todo puede
empeorar, pero buena no termina de serlo. Llego a un puerto a las
4:30 de la mañana, sin luz para rodar a la cercana población a la
que a estas horas, todo sea dicho, y con todo cerrado, no me merece
la pena llegar. Las primeras luces que veo al alba no son las del
sol, si no relámpagos sobre el mar que no tardarán en convertirse
en tormenta, cosa de por si fea pero que destemplado y con sueño se
me hace incómoda en extremo.
Los
primeros nativos con los que hablo resultan ser un par de perros, que
aunque amigables, poca conversación me darán. Ya con luz, que el
sol no lo veré hoy, me dirijo al pueblo a tomar un café con leche
descomunal en cafetería con wifi y pongo al día, o casi, el blog. Un
correo me llena de esperanza, si bien la prudencia me hace contener
la emoción. Me dará tiempo a responderlo y mandar por mi parte un
par más.
Tras
mi primera visita a un supermercado me enfrento con el mismo abismo
que he padecido en cada país por el que pasé, a sabiendas que
tardaré unos días en ir pillando el punto a mis compras. Aquí he de
añadir que ante mi imposibilidad de leer etiquetas, debo confiar más
en la sinestesia para saber realmente lo que compro. Sus textos se me
antojan una mezcla de formulas matemáticas o electrónicas complejas
y el comenzar a aprender que sonido corresponde a cada signo no me
daría más luz sobre el enigma de saber que pone.
No
hable italiano cuando pude y resulta que ahora es lo que me sale al
intentar hablar en la cafetería o en la tienda, o más tarde ya en
camino cuando me cruzo con tres cicloturistas, ellas dos alemana y
suiza, el austriaco y es con la alemana con la que me entiendo en
italiano, que lo habla.
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| Aquí me pasan unas notas de como pedir permiso para acampar, en albanes |
![]() |
| Una abrazadera le produce roces a la alforja |
Me
pasan información de Albania, la más elemental, que agradezco
sobremanera. Tras despedirnos, ellos van dirección a Athenas, llego
a Asprokkisi y la lío.
La
lluvia arrecia y o tomo un café o no me tengo en pie. Lo que no
tenia previsto es la cantidad de rondas de ouzo que termino tomando,
invitado la primera vez por Spyros, a continuación por el dueño del
bar y después, hasta perder la cuenta, por parroquianos. Cuando me doy cuenta he pasado la mañana bebiendo, fuera llueve y malditas las
ganas que tengo de hacer los kilómetros que me separan de la
siguiente población o los 20 a los que creo que estoy de la primera
de Albania, aunque pudiera hacerlos, cosa que dudo.
Uno
de los que me invitó, me dice donde puedo montar la tienda, pero por
mucho sueño que tenga, sin dormir que pasé la noche y con la ayuda
etílica, no son horas de plantar mi tienda y lo mismo la lluvia da
un respiro y no me mojo en el proceso.
Spyros
me dice de volver esta noche al bar, a las 10, miedo me da lo que se
puedan beber a estas horas tras la muestra de esta mañana. Por otro
lado me muero de ganas de dormir y hoy anochecerá una hora más
tarde por el cambio a la hora local. Me va enseñando las primeras
palabras en griego, mientras nos entendemos en una mezcla de ingles,
italiano y aguardiente.
Otro
factor que sumo a mi desgana de pedalear hoy, es que ayer, en la
terminal de Brindisi, fumé más de lo acostumbrado y anoche maté el
tiempo de vela con más cigarrillos y ahora, bajo un cartel de
prohibido fumar, sigo con uno en la mano en una mesa donde todos
fuman. De nuevo en territorio de frontera veo como las leyes se
difuminan y se crean espacios con normas aparte, tomadas de aquí u
de allí, como las gentes que los habitan, con un pie a cada lado del
lugar. Ayer, en la terminal de Brindisi, y tras años de no respirar
tabaco en espacios cerrados, pase horas entre no menos de cuarenta
camioneros búlgaros que encendían un cigarrillo con la colilla del
otro.
La
tarde se me hace extraña. Paso las horas en el bar. Veo a ratos una
teletienda griega y oigo voces, que en ocasiones se me dirigen a mi,
sin lograr desentrañar el significado de las mismas. Quiero hacer
una llamada en un pueblo, cosas de los móviles, donde ya no existe
teléfono público. Me veo haciéndola desde Albania mañana por la
tarde. Si eso es posible.
La
lluvia se detendrá por un rato, suficiente para que tome ánimos y
busque la siguiente población, Sagiada. Conforme pongo el pie en el
pueblo pregunto a dos paisanos por un lugar donde hacer noche,
casualmente estamos frente a la tienda, material agrícola, del
alcalde y uno de ellos le pregunta. Este, me remite al puerto distante un kilómetro y donde frente a la playa hay dos cenadores
techados. Me dice que si es por una noche puedo usarlo para dormir.
Casi
olvido que no compré mis gotas para los ojos en Italia y aquí me
apresuro a hacerlo una vez resuelto el tema del techo. Voy caminando
y al bajar unos escalones me doy un batacazo monumental, cosas de
usar pavimento de interior en exteriores sumado a la lluvia y el poco
barro que pueda tener en mis botas. En el suelo, y condolido, paso
revista y compruebo, que pese al intenso dolor, ni me he roto nada ni
he roto anda. Unas leves heridas en el brazo, una costilla magullada
y , eso si, mi muslo derecho con intenso dolor.


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