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jueves, 5 de marzo de 2015

Jueves 26.02.15 Iogumenitsa – Asprokkisi - Sagiada. Tan pronto como los pasajeros suben al ferry, se reparten los asientos de tres en tres o de cuatro en cuatro para poder dormir acostados sobre ellos. Logré los míos, con suerte, relativa, pues tres tipos se dedicarán a vocear hasta muy tarde y desde muy temprano impidiendo el sueño al resto del pasaje que compartimos espacio con ellos. Imposible lograr otro lugar cuando me doy cuenta de ello. Todos los demás están ya ocupados.

Si bien apenas si me dejan dormir dos horas, al menos estoy acostado y descanso. Mi llegada a Grecia puede ser peor, siempre todo puede empeorar, pero buena no termina de serlo. Llego a un puerto a las 4:30 de la mañana, sin luz para rodar a la cercana población a la que a estas horas, todo sea dicho, y con todo cerrado, no me merece la pena llegar. Las primeras luces que veo al alba no son las del sol, si no relámpagos sobre el mar que no tardarán en convertirse en tormenta, cosa de por si fea pero que destemplado y con sueño se me hace incómoda en extremo.

Los primeros nativos con los que hablo resultan ser un par de perros, que aunque amigables, poca conversación me darán. Ya con luz, que el sol no lo veré hoy, me dirijo al pueblo a tomar un café con leche descomunal en cafetería con wifi y pongo al día, o casi, el blog. Un correo me llena de esperanza, si bien la prudencia me hace contener la emoción. Me dará tiempo a responderlo y mandar por mi parte un par más.

Tras mi primera visita a un supermercado me enfrento con el mismo abismo que he padecido en cada país por el que pasé, a sabiendas que tardaré unos días en ir pillando el punto a mis compras. Aquí he de añadir que ante mi imposibilidad de leer etiquetas, debo confiar más en la sinestesia para saber realmente lo que compro. Sus textos se me antojan una mezcla de formulas matemáticas o electrónicas complejas y el comenzar a aprender que sonido corresponde a cada signo no me daría más luz sobre el enigma de saber que pone.

No hable italiano cuando pude y resulta que ahora es lo que me sale al intentar hablar en la cafetería o en la tienda, o más tarde ya en camino cuando me cruzo con tres cicloturistas, ellas dos alemana y suiza, el austriaco y es con la alemana con la que me entiendo en italiano, que lo habla.

Aquí me pasan unas notas de como pedir permiso para acampar, en albanes

Una abrazadera le produce roces a la alforja


Me pasan información de Albania, la más elemental, que agradezco sobremanera. Tras despedirnos, ellos van dirección a Athenas, llego a Asprokkisi y la lío.

La lluvia arrecia y o tomo un café o no me tengo en pie. Lo que no tenia previsto es la cantidad de rondas de ouzo que termino tomando, invitado la primera vez por Spyros, a continuación por el dueño del bar y después, hasta perder la cuenta, por parroquianos. Cuando me doy cuenta he pasado la mañana bebiendo, fuera llueve y malditas las ganas que tengo de hacer los kilómetros que me separan de la siguiente población o los 20 a los que creo que estoy de la primera de Albania, aunque pudiera hacerlos, cosa que dudo.

Uno de los que me invitó, me dice donde puedo montar la tienda, pero por mucho sueño que tenga, sin dormir que pasé la noche y con la ayuda etílica, no son horas de plantar mi tienda y lo mismo la lluvia da un respiro y no me mojo en el proceso.

Spyros me dice de volver esta noche al bar, a las 10, miedo me da lo que se puedan beber a estas horas tras la muestra de esta mañana. Por otro lado me muero de ganas de dormir y hoy anochecerá una hora más tarde por el cambio a la hora local. Me va enseñando las primeras palabras en griego, mientras nos entendemos en una mezcla de ingles, italiano y aguardiente.

Otro factor que sumo a mi desgana de pedalear hoy, es que ayer, en la terminal de Brindisi, fumé más de lo acostumbrado y anoche maté el tiempo de vela con más cigarrillos y ahora, bajo un cartel de prohibido fumar, sigo con uno en la mano en una mesa donde todos fuman. De nuevo en territorio de frontera veo como las leyes se difuminan y se crean espacios con normas aparte, tomadas de aquí u de allí, como las gentes que los habitan, con un pie a cada lado del lugar. Ayer, en la terminal de Brindisi, y tras años de no respirar tabaco en espacios cerrados, pase horas entre no menos de cuarenta camioneros búlgaros que encendían un cigarrillo con la colilla del otro.

La tarde se me hace extraña. Paso las horas en el bar. Veo a ratos una teletienda griega y oigo voces, que en ocasiones se me dirigen a mi, sin lograr desentrañar el significado de las mismas. Quiero hacer una llamada en un pueblo, cosas de los móviles, donde ya no existe teléfono público. Me veo haciéndola desde Albania mañana por la tarde. Si eso es posible.

La lluvia se detendrá por un rato, suficiente para que tome ánimos y busque la siguiente población, Sagiada. Conforme pongo el pie en el pueblo pregunto a dos paisanos por un lugar donde hacer noche, casualmente estamos frente a la tienda, material agrícola, del alcalde y uno de ellos le pregunta. Este, me remite al puerto distante un kilómetro y donde frente a la playa hay dos cenadores techados. Me dice que si es por una noche puedo usarlo para dormir.

Casi olvido que no compré mis gotas para los ojos en Italia y aquí me apresuro a hacerlo una vez resuelto el tema del techo. Voy caminando y al bajar unos escalones me doy un batacazo monumental, cosas de usar pavimento de interior en exteriores sumado a la lluvia y el poco barro que pueda tener en mis botas. En el suelo, y condolido, paso revista y compruebo, que pese al intenso dolor, ni me he roto nada ni he roto anda. Unas leves heridas en el brazo, una costilla magullada y , eso si, mi muslo derecho con intenso dolor.

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