Viernes
27.02.15 Sarandë. Llovia anoche cuando llegué al cenador bajo el
que dormí y llueve al despertar. Maldigo el haber nacido en un sitio
seco y que la lluvia, por mi falta de costumbre, siga suponiendome un
obstáculo tanto físico como emocional. Me armo de valor, no tengo
otra opción, y regreso a Sagiada a tomar café, me lo sirven griego,
que viene a ser como el turco, me dicen, tipo puchero y con mucho
poso.
Durante
unas horas se detendrá la lluvia y como puedo, el dolor de la pierna
es intenso, voy hacia la frontera con Albania. Un sitio desolado y
azotado por fuerte viento donde estampan el primer sello a mi
pasaporte romano. Aquí preguntar es una aventura, ni una palabra de albanés ni este se asemeja a ningún sonido humano que escuchara
antes. Tomo mis precauciones y en vez de pronunciar el nombre de las
poblaciones a las que deseo ir, o pasar por ellas, las muestro
escritas, en un intento de reducir en lo posible confusiones. Espero
que quienes me respondan usen el brazo correspondiente a la dirección
adecuada y no se confundan. Me perderé.
Unos policías me indican un sentido y pocos kilómetros más adelante veré
una señal que me manda en el otro. Prefiero hacer caso a la señal y
eso me llevará por peor camino y hacer más kilómetros para llegar
al mismo sitio.
En
mis primeros cuarenta kilómetros por Albania solo me cruzo con
mercedes, del años y la procedencia que tu quieras, pero hasta que
no llego a Sarandë no veré otras marcas de coche.
En
Sarandë logro un plano de Albania y en una sucursal bancaria cambié
euros por leke. Esta localidad es medianamente grande, antes solo
pasé por pequeños pueblos. Salgo para buscar abrigo fuera de la
población, bajo la lluvia, que asco.
Dos
apuntes. Esto es montañoso, mucho, no he visto aún superficies
llanas y mi pierna me castiga. Y dos, las montañas que tengo a mi
derecha, están todas nevadas, muy próximas al mar pero con cotas
altas, a pesar de ello la temperatura no es muy baja.
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