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domingo, 5 de abril de 2015

Miércoles 01.04.15 Zona de la universidad de Tekirdag. Desperté a las 6:30 como vengo haciendo desde el cambio de hora. De muy buen humor ante la idea de ver de nuevo el mar. Cuando veo entrar el sol por las altas ventanas he de contener mi entusiasmo.

Comienzo el día desayunando en una especie de cantina de pueblo. Un café con leche en condiciones y dos bollos por algo menos de un euro. Esto empieza bien. Unos 10 kilómetros más adelante me detengo ante lo que me parecía un café y resulta ser una carnicería, da igual, termino tomando el te con el carnicero.

Ayer comí fast foot en una cafetería por 2 € y me muero de ganas y curiosidad por probar otros tipos de comidas y precios. Veo un restaurante en un polígono industrial donde se mezclan operarios con gente trajeada y creo que puede ser una buena opción. Por poco más de 3 € me sirven una crema de “noseque” que esta caliente y buena, no le añado picante en contra de la costumbre local, un arroz “nideadequelleva” que se deja comer, una pechuga de pollo empanada con tomate y pimiento crudo, postre, agua y el te que me sirven en la terraza donde lo toman los clientes conversando y fumando. Decididamente y tras visitar hoy mi tercer supermercado, me trae cuenta alternar comidas fuera y cenas preparadas por mi. Compro leche, galletas y cosas así para tomar entre horas o antes de acostarme.

En un cruce con la autovía de Estambul con la universidad paso la tarde, tomando el sol arremangado, charlando con los taxistas que me dan mis primeras lecciones de turco y cuyo presidente local me permite usar el tejado y los bancos que tienen junto a su caseta, como dormitorio. Otra noche solucionada.



Martes 31.03.15 A unos 50 km del Mar de Mármara. Me tomo el día con calma, rodando tranquilo por una autovía que desde que entro en el país y hasta que llegue a Estambul es el único camino que debo seguir.

Voy embarrado. Las botas y bajos del pantalón, dan asco, de cuando he de salir del asfalto y el resto del cuerpo, hasta la cabeza, de salpicaduras de barro. Sucede que por esta autovía circulan tractores y dejan la cuneta con grandes terrones de barro que se desprenden de sus ruedas al tocar el asfalto. El resto de vehículos, al pasar, la desmenuzan, el agua de la lluvia lo convierte en fango y es sobre este por el que llevo ya unos cien kilómetros rodados. El resultado son salpicaduras que en ocasiones me alcanzan la boca y gracias a las gafas no se me meten en los ojos. De la bici y las alforjas, mejor ni hablar.

En una gasolinera, veo a un empleado tirando agua a presión a un coche, le pido si me puede apuntar a los piñones y cambio y al menos desde entonces y por un rato logro que rueden más suaves y sin tirones.

No quiero avanzar más y meterme en Estambul antes de tiempo y cuando veo, a primera hora de la tarde, una vaqueria abandonada, me acomodo en ella. Esta limpia y una de las aguas de su tejado presenta buen aspecto. Mucho antes de la hora de dormir tomo mi cena y me acomodo en el catre para leer y a ratos voy escribiendo una carta. Un perro, que seguramente usa este mismo lugar para su reposo, entra y al verme sale corriendo. No me dio tiempo a calmar sus temores y convencerlo que hay sitio para ambos.


Las llamadas a oración de dos mezquitas próximas compiten en belleza. Me relaja escucharlas y creo que me duermo con ese sonido de fondo.
Lunes 30.03.15 Por la zona de Kesan. En Génova, en el consulado, me informó un funcionario que desde el primero de enero, de este año, no seria preciso el pasaporte para entrar en Turquía. Imposible convencer con estos argumentos y sin saber hablar “extranjero” al policía de la frontera turca que insiste en que necesito un visado. Me expreso como puedo, a saber, gesticulo mucho, hablo con vehemencia y me temo que elevo la voz.

Tras pagar el visado en cuestión, que sangra mis maltrechas finanzas un poquito mas de lo que están y me conducen al control de aduanas y allí se ensañan conmigo. He de desmontar todo mi equipaje, sacar todo de cada bolsa, extender sobre la mesa uno a uno mis artículos de aseo y vaciar el contenido de cada cosa que llevo, para ser “examinada”. Dos horas. Ni mis calcetines sucios metidos en una bolsa en espera a ser lavados, que ríete tu del ébola de lo tóxicos que son, detienen al concienzudo agente de aduanas. He de desplegar la tienda de campaña y dar la vuelta al saco de dormir. Eso si, con la tranquilidad de quien no lleva nada que inflija las normas.

Tan pronto llego a Upsala me dirijo a la primera sucursal bancaria para comprar liras turcas. Lo siguiente, comer, y tras esto compro por el precio de un paquete de tabaco de 15 g en Grecia, una bolsa que me pesan con 115 g. Para fumar ya tengo.

3 kilómetros más tarde visitaré, con gran placer, un supermercado donde veo precios razonables para mi y esta bien surtido. Lleno de alegría compro cosas y cargo de peso mis alforjas. Con moderación, por que las cremalleras se rompen. Todas. Siempre. Un roedor gabacho medio me destrozo una de ellas en Villefranche-sur-Mer y llevo meses viajando con un mal apaño de la misma que ayer termino de morir. He logrado otro apaño, peor que el anterior, si bien la puedo usar un tiempo, ese espacio no lo debo cargar en exceso so pena de acelerar su deceso.


Y con estas y otras cosas paso mi primer día por tierras sarracenas.
Domingo 29.03.15 Pasado Alexandroupolis, como a unos 25 kilómetros de la frontera turca.

Con la intención de ir con tiempo adelantado, hoy me he comido una buena cantidad de kilómetros. Los 65 que me separaban Komotini de Alexandroupolis más otros 20 de regalo para irme acercando a la frontera. Parte por si mañana diluvia y parte por otra razón más absurda. Tengo tabaco para hoy y casi para mañana y si me planto en Turquía con tiempo el siguiente lo compraré allí y a mejor precio, espero.

Estos días en Grecia no han sido lo buenos que esperaba. No por que el país me desagrade, ni de lejos, ni por sus gentes, en absoluto. Las razones han sido el clima que he padecido y que poco se presta al turismo ni a la relajación. Otro factor adicional me ha impedido el disfrutar este país como se merece y no es otro que la comida. La he encontrado cara para mi economía, lo mismo para los que se mueven en un estrato ligeramente superior, la encuentran asumible e incluso barata.

Si he disfrutado del café griego, aunque parezca mentira. Pero tomar un café con leche en condiciones es poco menos que imposible y sus expresos son espantosos, encontrar bollería dulce en un café todo un milagro, si no es una marca envasada, cara y mala de cruasán que veo en algunos lugares y ya conocí en Albania.

En Thesaloniki si encontré muchas pastelerías y panaderías con gran variedad de artículos y donde desayune la mayor parte de los días tenias “muffins”. Me resultan espantosos. No el producto en sí, si no el modo en que han tomado una magdalena de las de siempre y le han cambiado el nombre para multiplicar su precio. Tiemblo ante la perspectiva de que algún traductor iluminado use la palabrita de marras y jorobe irremisiblemente una de las meriendas de Proust. Y si no, al tiempo.

Mi última noche griega la paso en una cafetería cerrada de una estación de servicio sin servicio. Su propietario, amablemente, me indica el mejor sitio para dormir, me deja una garrafa de agua para mi aseo matinal y me ofrece un refresco, que tomo con el, su mujer y unos amigos con los que pasa la tarde dominical en su local. Uno de ellos, ya jubilado, fue marinero en España y me habla con cariño del tiempo en que vivió allí.

Los dos perros el dueño se encargaran de darme una noche espantosa, ladrando constantemente a todo y dejándome dormir, intermitentemente, muy poco tiempo.




Sábado 28.03.15 Komotini. Los perros en Grecia me parece que se comportan de un modo distinto a otros lugares que conozco. Aparte de los que en fincas o naves trabajan alejando visitas no deseadas, pocos he visto con dueño, así, paseando y todo eso. La mayor parte de los que me cruzo son grandes animales, siempre en grupo, y que ladran y persiguen, intimidan, a coches, motos y como no, ciclistas.

Ese hábito malsano tiene sus consecuencias y no pocos cojean como resulta de encontronazos desiguales. En más de una ocasión me veo cerca de terminar en el suelo por su causa y en una de ellas me tuve que detener a discutir con uno de ellos sobre el propietario legitimo de mi sandalia hasta lograr que la soltara. La sandalia penden de las alforjas traseras, en sus costados.

Duermen de un modo que se me antoja distinto, me explico, su postura para dormir. No lo hacen enroscados ni sobre su panza. Duermen sobre uno de sus costados con las patas estiradas. Todos. En ocasiones me parecen muertos. Entonces me ladran y ya veo que no. Igual lo hacen así en todos lados y no me había fijado bien antes.

Hoy he rodado cuando el agua me lo ha permitido y detenido cuando era aconsejable. De cualquier modo he cubierto una distancia aceptable y tenido la fortuna de encontrar abrigos cuando los he precisado a lo largo de toda la jornada. Poco me he mojado. No queriendo tentar a la suerte me detengo con tiempo para hacer noche.

Las distancias que medí con Marga para estas etapas de poco me sirven. Salvo que marque pueblo a pueblo, y aún así, el google maps me mide el recorrido por la carretera que le apetece y eso en ocasiones me da distancias mayores y en otras a la inversa. Desde Thesaloniki hasta Komotini mne las ha medido por la autopista y el camino que estoy usando suma a esas distancias no menos de 10 adicionales cada días.


Viernes 27.03.15 A 5 kilómetros de Xanthi. Es para días y noches como las de hoy para lo que sirve llevar adelantado el plan de viaje.

La lluvia no ha dejado de caer en las últimas 24 horas, en ocasiones con gran intensidad, dispongo de un buen abrigo y malditas las ganas de rodar en estas condiciones. De modo que dedico la mañana a leer, libro y red, en un café, hacer compras en un Carrefour espantado de los precios, una marca italiana de café, que me gusta, la encuentro a 4€ más caro el kilo, y cocinarme algo caliente.

La tarde la paso con la excitante ocupación de ver como las gotas caen en los charcos. Me separa de Estambul unos 400 kilómetros y, creo, tengo tiempo para llegar antes del días 7.

Mis pocos desplazamientos de hoy dejan mis pantalones, ya solo esa prenda no es impermeable si bien a través de la misma se cuela el agua en las botas, calados completamente. Los seco puestos, es más rápido y mucho menos grato que de otro modo.

Tengo anotado algún hostel de Estambul y si finalmente son a esos precios, creo me podré permitir alguna noche antes de partir a Roma y la de retorno, pues la hora del vuelo no es compatible con salir a rodar ese mismo día. Eso sin contar con que he de ir al lugar donde Marga me ha gestionado un aparcamiento para mi bici. Es un sol, y llena de recursos.

Con el google maps frente a mi, he sentido la tentación de buscar el lugar más seco del planeta y mirar la ruta más rápida para alcanzarlo. La lluvia puede conmigo. La sensación de vulnerabilidad que siento ante ella sobrepasa lo físico y me deja sin ánimos para enfrentarme a algo, que en si mismo, no debería ser más que una simple molestia. Ruedo con mayor esfuerzo, me canso antes, obviamente, incluso antes de empezar, y paso el tiempo con la mirada buscando posibles abrigos a cada paso que doy. Mal, muy mal. He de cambiar esa actitud, pero no encuentro el modo. El simple contacto de mis manos con los bultos mojados ya me produce rechazo y desagrado. El plagar la tienda bajo la lluvia, saberla mojada en su bolsa y no encontrar lugar donde poder secarse, lo soporto como algo que me va taladrando y me desgasta con cada pedalada.


Con todo esto, el días se me hace mortalmente tedioso, eterno, una larga espera a que anochezca y terminarlo en mi saco a la espera de lo que me depare mañana. Cuando el ruido de la tormenta se relaja, escucho como llaman a la oración en una próxima mezquita. Las previsiones son de agua hasta el domingo. ¡Maldición!
Jueves 26.03.15 Xanthi. De nuevo me he cruzado con otro cicloturista, este de Australia. Jubilado y con su Brompton rueda desde Estambul a Milan. Se queja de su máquina, la dificultad de encontrar repuestos, lo caro de estos y lo fácilmente que se desgastan, en viaje, el dibujo de sus pequeñas cubiertas, obligadas a mayor roce por kilómetro. Tiene los productos, cualquiera que sea el tipo de estos, la característica que cuanto más especializados son, menos aptos para otros menesteres. El objetivo de esa bici es el ser plegada y ocupar poco espacio y no otro. Por bonita y curiosa que sea.

Llueve mientras hablamos y oímos tronar de un modo extraño. Realmente no está tronando, sucede que nos hemos detenido, sin reparar en ello, cerca de donde se están realizando unas maniobras militares con blindados. Lo que nos parecía tronar son explosiones de su artillería.

No comenté que los planes han cambiado un poco. Lo malo del cambio es que no tendré a Marga en Estambul dos o tres días. Lo bueno que estaré junto a ella muchos más días, pero en Roma. Vuelo desde Estambul para reunirme con ella y ver que pasa.

Para no alterar mi partida desde Turquía a Bulgaria y no quedarme sin conocer la ciudad, ruedo más kilómetros por jornada con la intención de disponer de un par de días y recorrer sus calles. Otra razón de peso es el clima y el precio. Vi en una previsión meteorológica que el fin de semana en Alexandroupolis no será tan terrible como en la zona que voy dejando atrás. El tema del dinero también cuenta. Presumo que Turquia será más barata que Grecia y eso me anima a llegar, si puedo, un par de días antes, con el ahorro en alimentos podré, lo mismo, pagarme un hostel en Estambul. Quien sabe.